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Clásicos chilenos

La Competencia. por Thelma Muñoz Sotomayor, Escritora Chilena, pintora de importante trayectoria.

Thelma_Muoz_Sotomayor(Dedicado a mi nieta Catalina)
Kris era una araña muy especial. No es que las demás arañas no sean especiales. Todas las arañas lo son, pero Kris tenía una manera muy propia de ver las cosas y observaba su propio compor¬tamiento dentro de su mundo, con complacencia y orgullo. Podría decirse que Kris era un tanto vanidosa y que además poseía un si es no de egoísmo, soberbia  y egolatría. Además poseía una seguridad en si misma que sacaba de quicios. En fin, Kris era la araña más envidiada y admirada en la región. Pero ni esto ni aquello lograban modificar su temperamento altivo y gallardo. A qué se debía esa fama de Kris que traspasaba los bosques, saltaba ríos  y se internaba por la estepa infinita?: Kris era la más hábil tejedora conocida. Ella, tan débil, aparentemente pe¬queña,  traslúcida, hecha de azúcar y rocío, podía elaborar con sus patitas las más hermosas telas, y tan rápidamente, que la luz se enredaba en su trama reflejándose en armonías de colores, emitiendo arpegios celestiales. ¿Telas de araña musicales? .... Así es. No todos saben esto, porque esa música no es audible para el oído humano. Los demás animales aún conservan ese don y pueden escucharlas y diferenciar¬las. Hay telas de araña que emiten sonidos tristes, otras, alegres. Hay telas de arañas que se agitan y producen sones encantados, melodías sugestivas o marciales, y otras que dejan oír una música semejante a una canción de cuna. Podría decirse que cada araña tiene su propia melodía, y es ahí donde Kris había adquirido tan¬ta fama: Kris jugaba con las formas, con los colores y también con la música. : Kris era una artista inigualable.

Es bien sabido que  todas las especies animales tienen alma de rasero. Nadie acepta que otro se distin¬ga, sea diferente o mejor. De inmediato hay que tratar de igualarlo y  si es posible,  mejorar su marca. Esto era lo que sucedía con respecto a  Kris. Tan grande era su fama, que constantemente se veía forzada a competir. Y cómo se esmeraban las rivales… Y todo por nada. Jamás ninguna araña pudo  competir con éxito. Kris lo sabía    y no ocultaba su orgullo, seguridad y pericia.

Y así todos los  años,  antes de las lluvias, se realizaba en aquella región un festival muy importante: La Gran Competencia de Elaboración de Telas. A dicho certamen concurrían representan¬tes de todas las comarcas cercanas y de parajes tan lejanos, de los que nadie antes había oído nombrar.

Aquella Gran Competencia,  competencia de la que hoy aún se habla, fue mucho más importante, y adquirió caracteres internacionales. La comarca de Kris se vio invadida de miles de arañas que venían a presenciar tan magno acontecimiento. Esta vez vendrían competido¬ras de todos los confines de la tierra. Con qué orgullo y entusias¬mo se prepararon los habitantes de la comarca: Estaban un tanto asustados debido a las importantes visitas, como la Viola Azulada de Nubia o la escalofriante Scarla Mortal. Todas ellas fueron re¬cibidas con los honores que se merecían. Y llegaron las Tarán¬tulas gigantes y tantas otras que sería largo de enumerar.

¿En qué consistía ese certamen?: Todas y cada una de las arañas que competían, tejerían el día indicado, una tela, y cuando el  sol estuviera en el punto más alto del cielo, su tra¬bajo debería estar terminado. El jurado daría su veredicto al ponerse el sol. Todos los habitantes de la comarca aseguraban que la arañita Kris ganaría,  y ella misma lo aseguraba, pues se sabía tocada de ese algo mágico que es el genio.

Tan relevante como la competencia en si, eran los días que la precedían, días de fiestas, celebraciones, juegos y lo más im¬portante, las apuestas. Tres eran las competidoras favoritas: Scarla Mortal, quien con sus potentes patas y su mente matemática, construía gigantescos y complejos modelos por los que silbaba el viento en cuadraturas armónicas. Viola Azulada y sus divinas telas, kaleidoscopio de maravillosos matices, juegos nacarados de ilusiones ópticas, sonidos fantasmales, y Kris, la genial arañita.

Toda la comarca parecía hervir de entusiasmo y se sumaba unan multitud enloquecida de extranjeros Qué días inolvidables. ¡Con qué nerviosismo y deleite esperaban el día de la compe¬tencia! Las únicas en hacer una vida diferente, eran las a¬rañas competidoras, que haciendo caso omiso a toda esa expecta¬ción, se preparaban en forma muy especial: ejercicios dirigido por entrenadores de excepción, comida y descanso adecuados, poniendo en relieve esa laboriosidad y orden que caracteriza a todas las arañas. Talvez la única que tomaba las cosas un tanto más a la ligera, era Kris. Sí, ella no temía a nin¬guna rival y estaba tan segura de su victoria, que casi se podría decir que la competencia no la conmovía ni la alteraba. La tarde antes del certamen, mientras las arañas celebraban las vísperas con más alegría y entusiasmo que de costumbre, las competidoras se retiraron a sus habitaciones a descansar. Un prolon¬gado sueño era lo adecuado para soportar la agotadora tarea que tendrían que realizar a la mañana siguiente. Kris también  fue a descansar. Intentó dormir, cerró los ojos y de repente despertó  bruscamente como si un llamado poderoso la remecie¬ra. Se levantó, salió sigilosamente y caminó, caminó, abandonando la comarca. Atrás, muy lejos, quedó el bullicio y las luces de la fiesta y frente a ella, el bosque. Las hojas de los árboles se mecían dulcemente y los pájaros cantaban sus últimos so¬nes antes de dormir. Kris atravesó el bosque y continuó caminando mientras el sol se ocultaba bañando de rojo los montes lejanos.

Kris estaba agotada y decidió descansar. Se durmió profundamente. Despertó cuando todo estaba oscuro. Una suave lu¬minosidad emergió tras los montes. Era la luna, inmensa y bella. Todo estaba en calma, sólo se escuchaba el canto de los grillos. De pronto la noche enmudeció, los grillos también callaron...¿Qué pasaba?   Por el camino avanzaba un  hombre y junto a el, un borrico que llevaba por carga a una mujer con un niño en sus brazos. La luna los iluminó con dulzura, mas ellos no parecían complacidos con el tenue baño de plata. Se veían temerosos y miraban  atrás como si algo espantoso los acosara. ¿Qué hacían esos extraños personajes en ese apartado paraje y a tan avanzadas horas de la noche? Esta, y muchas otras preguntas se hacía Kris.

La temerosa pareja caminó acercándose al lugar donde se encontraba Kris, quien pudo ver que la hermosa mujer lloraba muy quedo."¿Que haremos- dijo la mujer- y si ellos nos alcanzan?.¿ Qué será  de nuestro hijo?” “  No te aflijas- respondió el hombre-¿Ves esos montes?. Hacia allá nos dirigimos y ahí estaremos seguros. Ahora,  procura descansar. Cuando amanezca proseguiremos nuestro viajo" "No!...- lloró ella-No podemos descansar. Debemos con¬tinuar huyendo hasta que nuestras fuerzas se agoten. Cada día que pasa se  acercan más y más". "Calma- dijo el, aparentando una paz que no sentía- Continuaremos nuestro viaje y que Dios se apiadede nosotros y de nuestro hijo".

Kris vio con mucha pena, cómo los extraños seres se alejaban. Los grillos que momentos antes habían interrumpido su canto, lo reiniciaron, pero con tal sonoridad y rudeza, que más bien parecía un grito de advertencia. Allá lejos, envueltos en una nube de pol¬vo, avanzaban siluetas fantasmales.

-Luna, ocúltate para que las sombras de la noche hagan invisibles a esos padres temerosos.

Pero la luna seguía alumbrando y las negras siluetas avan¬zaban sin detenerse. El hombre y su borrico, con su cálida carga, seguían su camino. De pronto se detuvieron... ¿Qué estaba pasando?  Kris escuchó el lastimero rebuzno del borrico y vio a la mujer que abrazada a su pequeño hijo trataba de ahogar los sollozos.

Nunca Kris se sintió más pequeña. ¡Pobre arañita! El hombre, en un acto de desesperación, cayó de rodillas levantando sus brazos al cielo

-Qué pasa?- gritó Kris,  y  temiendo que no la escucharan, se acercó a ellos lo más ligero que pudo. Podría decirse que Kris vo¬laba por los aires.

Al llegar Kris cerca de la afligida pareja, vio horrorizada un gigantesco abismo, fin del viaje de esos peregrinos o tal vez era que el mundo acababa allí.

Las negras siluetas seguían avanzando y ya se distinguían sus cabalgaduras, el ondear de sus mantos; ya se escuchaban los feroces alaridos que estremecían la tierra. Kris también temblaba y en su desesperación, alzó los ojos al cielo, y en ese momento comprendió  porque la luna no se había ocultado. Ella estaba allí pa¬ra facilitar la huida y había elegido esa pequeña arañita como su colaboradora.

-Escuchen- dijo Kris dirigiéndose a los acongojados padres¬-No teman, soy solo una pequeña arañita.

Y ellos la escucharon. Talvez esa ha sido la única vez que los humanos se comunicaron con una araña.

- Mi nombre es Kris y yo les ayudaré a huir.

-Pero si eres tan pequeñita. Qué puedes hacer tu contra esos malvados que nos persiguen...?  No es que te menospreciemos...

-Esperen y verán- y diciendo esto, Kris empezó a tejer. Jamás sus patitas traba¬jaron con tanta rapidez. La luna, que observaba desde el otro lado del abismo, envió sus rayos de plata que se entretejían con los cristales y perlas que elaboraba  Kris. ¡Qué armonía de sonidos y coros celestiales!... ¡Qué mágica sinfonía nocturnal!  Kris trabajó tan arduamente, que su pequeño cuerpo sangraba. Lágrimas de dolor se mezclaron en tan bella tarea, transformándose en piedras preciosas. Jamás hubo ni habrá una tela de araña más bella y radiante. Talvez no existan palabras para calificar su sublime belleza.

La tela ascendió al cielo como una inmensa torre hecha de lágrimas, rocío y rayos de luna. La hermosa tela subió, subió y llegó a la luna. Kris, trepada en la plateada luna, observaba cómo el hombre,  la mujer con el niño y el burro, ascendían por la tela. Puede alguien, imaginar una proeza tan extraordinaria?...Y todo gracias a una arañita.       Desde arriba de la luna todo era diferente y hasta la tierra parecía un lugar tranquilo y acogedor. Era una lastima  no poder quedarse, pero una araña debe continuar siendo una araña, y cumplir con sus obligaciones. Kris se despidió de la Luna y sus nuevos moradores. Mientras bajaba, escuchó sus bendiciones

Cuando Kris llegó a la tierra vio con espanto que a orillas del abismo estaban los crueles perseguidores. Los siniestros jine¬tes estaban estáticos y en silencio, admirando el hermoso y gigan¬tesco puente de plata. ¿Y si trepaban por él...?...Oh, Kris... Toda tu dolorosa labor habrá sido en vano…


La luna se alejó y la torre de cristal se estiró produ¬ciendo la música más hermosa jamás oída. ¡Cómo sufría la arañita! Tendría que destruir su obra de arte sabiendo que nunca volvería a hacer nada semejante. ¡Pobre Kris.!... Ella, tan orgullosa de su fama, debía destruir la maravillosa tela antes que los jinetes osaran subir por ella. Destruirla, pero cómo ?...

Una claridad rosa iluminó sorpresivamente la noche. ¿Qué era? ...Oh, milagro, era el sol que se asomaba curioso e indeciso. Los tibios rayos del sol acariciaron la tela, que doblegada, empezó a desmoronarse. Era como si una montaña de cristal se rompiera y rodara por el abismo. Perlas y rubíes cayeron en un torrente de mil colores, mientras una enloquecedora música rompió la noche y una luz cegadora envolvió la tierra. Jinetes y cabalgaduras huyeron espantados. Caían unos, tropezaban otros, y en¬tre gritos, gemidos y maldiciones, desaparecieron envueltos en una nube de polvo. 

El día había llegado, Kris estaba tremendamente cansada. Su pequeño corazón golpeaba con un ritmo desconocido. Sabía que jus¬to en  esos momentos se iniciaba la competencia,  y sin embargo una dulce lasitud la envolvía. Trató de memorizar hasta los menores detalles de esa extraña aventura. Habría estado así, sumida en ese raro sopor, si de repente el sentimiento del deber- que en las a¬rañas es imperativo-, no la hubiera remecido e impelido a cumplir con el certamen. Kris inició el regreso. Anduvo y anduvo, mientras el sol marcaba con su rítmico ascenso que el término de la com¬petencia se acercaba.
Kris llegó a la comarca cansada y doliente. Su retorno fue aclamado ruidosamente. Las otras competidoras estaban por conclu¬ir sus obras de arte que se podían apreciar suspendidas entre los árboles del bosque. ¡Era un espectáculo embrujador! ... Todo el talen¬to, genio y creatividad estaba expuesto allí... las concursantes daban los últimos toques a sus obras.

Pero, qué había pasado con Kris?...Por qué aún no empezaba su tela? ... Tan segura estaba de su genio y rapidez? ... Todos es¬peraban, con una mezcla de estupor, duda y admiración, que Kris iniciara su obra, pero ella estaba tan extenuada, que solo atinó a decir: "Compañeras, amigas, vecinas, lejanas visitantes, les rue¬go a Uds. que me perdonen. No podré concursar.” Un "Oh” de desilusión y rabia se elevó. Luego esas voces callaron. La radiante y orgullosa Kris emanaba un aire celestial, una paz infinita. Las arañas intuyeron que algo intan¬gible y mágico había ocurrido. Ellas comprendieron, porque las arañas no solo hacen telas hermosas y emiten sonidos maravillo¬sos, sino que saben escuchar las voces divinas.Kris no concurso ese día ni nunca jamás. Ha pasado mucho tiempo desde aquel memorable certamen y ya nadie recuerda quién ganó la competencia. Pero si en noches de luna miras ese disco de plata, verás en su luminosa superficie, a una mujer con un niño en sus brazos cabalgando sobre un borrico, y tras ellos a un hom¬bre. Si observas con más cuidado, verás colgando de la luna, una tenue red de hilos de plata: retazos de la tela que tejió Kris...



Datos biográficos: Thelma Muñoz Sotomayor., Escritora pintora de importante trayectoria.  Escritora chilena nacida en Santiago. Licenciada en Humanidades.  Licenciatura en artes (Escuela de Bellas Artes Universidad de Chile). Perteneciente a la Sociedad de Escritores de Chile. SECH. Perteneciente al “Grupo Fuego de la Poesía”. Dicta talleres literarios en la SECH, en la Corporación Cultural de Ñuñoa,  para los integrantes del Grupo “Unidos por la vida” del Hospital Salvador etc. Jurado en diversos concursos literarios Chile- Escandinavia; Fondart del Ministerio de Educación, Biblioteca Nacional,  Concurso literario de San Bernardo, Universidad de la República. Juegos Gabriela Mistral ( Municipalidad de Santiago), Premio “Mariano Latorre” (Pucónj) Concurso Nacional de Cuentos del Ministerio de Educación. Presidente del jurado Premio “Eduardo Anguita” (Linares 2005, 2006, 2009) Evaluadora del Concurso “Fomento del libro y la lectura” Ministerio de Educación(2008 2009)Designada “Persona Ilustre de Ñuñoa,  Municipalidad de Ñuñoa 2005

Obras:
Cuentos:”La competencia” “Un gato en el tejado”  Una rubia y otros cuentos” “Café de la plaza” “ Sueños en  la Piojera” ,”El viaje y otros cuentos”

Novelas : “Piquet de la Bougamvilla”. “El Patio de Amatista” “Un hoyo en el cielo” Los pequeños argonautas “Otro Ángel para El Retiro”(Azafrán Ediciones) “La niña del cerro Barón “(RIL Ediciones) “Baile en la ratonera”.!”El despertar” “Basura molesta”(RIL Ediciones) “BOSCO 2000”( Aquí en el Infierno” Desde el terrado” “Cielito lindo”) “Bailando en  el Casanova” (Editorial Los cuatro vientos ) Argentina. “La costra” 

Ensayos:” Los laberintos (Invitación a la locura”) y “Otros”

Obras teatrales: Conversación a cincuenta grados” Lauracha y el poeta junto a la ventana” ”Nos queda tal vez un árbol…” 

Poesía “Noche desorbitada” “Después del tiempo”

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Hijo de diablo y diabla: Escritor Chileno Martín Faunes

Matn_fauneDE COMIENZO, ELLA LA PASABA CALLADITA, mirando siempre a un lado y al otro. Gacela acechada por el león, eso parecía. Y era linda, de verdad que era linda. Linda y distinguida, se las arreglaba lo más bien para demostrarlo a pesar de la falda del uniforme que, no obstante su dureza, ella hacía flamear descubriendo delicadamente sus piernas. Gacela acechada o asustada, no sé. Sí sé que iba siempre con sus ojos saltarines siempre atentos, quizá por eso a los pocos días ya sabía hacer de todo y todo lo hacía bien. Si hasta escribía con letra parejita y con tan buena ortografía. Lo digo con toda mi experiencia: profesionalmente era lo mejor del cuartel, aunque no por eso iba yo a aceptar algo como lo que me ofrecían.

"Asuma", dijo mi comandante, pero yo me negué. No sé si era o no mi obligación como decía él, pero continué negándome, y no me importó que me repitiera treinta veces que era una cuestión de honor. "No ha sido cosa mía", fue una de las pocas cosas que pude responder en la discusión, porque él no me dejaba argumentar amenazándome con cortes marciales y las penas del infierno. Pero yo tenía razón, no había sido mi culpa, todo lo contrario; era su culpa, su propia culpa. «Gato encerrado» andaban diciendo: una escribiente puede demorarse, pero no todas las veces, y cuando el gordo Moreno se atrevió a comentarlo, ya casi todos lo sabían. Se encerraba con mi comandante y ya no parecía la gacela asustada de los primeros días, pero yo igual me la quedaba mirando. Para mi fatalidad, mi escritorio estaba frente al suyo: escritorio para damas con un tablado para cubrirle las piernas. 

Pero cómo ignorarla, si tras ese tablado, imaginaba sus rodillas blancas y una sombra más oscura hacia donde terminaban las medias.

Claro que mi comandante no tenía necesidad de imaginar nada, ella se encerrada con él, todos lo sabíamos. Por eso cuando vino con lo del honor y esas tonterías, sentí que era mi deber negarme. Me salió con que yo era el único soltero y que además no aceptaban madres sin marido en la institución, "si no, la enviarás a la cesantía, y será el sino que va a marcarte y te estará persiguiendo". Qué hacer, qué decir. En un momento de rabia me trató de homosexual, "lo que faltaba es que se nos llenara la institución de maricones", dijo en voz alta para que escucharan mis compañeros, pero agregó más bajo "sé que no eres maricón, he visto cómo la observas". Le respondí que no era ningún maricón y que si estaba soltero era por no dejar sola a mi madre. Y él, "te la llevas a vivir con tu vieja, para que aproveche de cuidar al nieto". Qué remedio. Podrán pensar que soy un simplón, pero eso no es tan cierto, se me habían terminado los argumentos; pero además, desde otro punto de vista, podría cumplir un sueño: rozar su piel por las noches antes de dormirnos, tal vez una caricia, un beso furtivo. Por qué no amor verdadero.

Todo el cuartel vino a nuestro casamiento, algo que no necesariamente me honraba. Tampoco a mi mujer que trató a las mujeres de mis compañeros con desprecio. Quizá esperaba ver allí esa noche a las esposas de los otros oficiales, pero ellas, por supuesto, no se presentaron. La torta la puso mi propio comandante que nos envió también un televisor de regalo, aunque puso en la tarjeta que era un presente de toda la unidad, algo que yo no creería. 

Pese a todo, en la fiesta estaba como embobado. Feliz, pero embobado. 

Embobado y borracho. A uno le hace falta a veces emborracharse para desenredar los sentimientos; así que borracho como estaba, aproveché para resolver el primero de ellos: secreteé para mi madre que mi novia estaba embarazada. La pobre cambió su expresión censuradora de todos esos días, para dibujar en sus ojos la ternura que poseen las abuelas: excelente; el otro problema no había cómo solucionarlo.

El comandante la sacó a bailar después del vals, y bailó con ella tres piezas seguidas, para entonces retirarse como un triunfador. Y es que él era realmente un triunfador. Mi comandante un triunfador y yo un payaso. Pero no tendría por qué seguir siéndolo: me acerqué a la que ya era mi mujer para tratar de arreglar el problema que de verdad me importaba. Ella estaba en la mesa de honor, tal como se sentaba en su escritorio frente al mío, pero nada había de la gacela asustada de antes; esta vez se me quedó mirando como las leonas que desafían al macho, y como nada me atreví a decirle, después de una pausa de horas, se recogió un poco la falda para que pudiera verle las piernas. Yo amaba sus piernas, pero no así, yo quería admirarlas con una sonrisa en su rostro, besarlas con una sonrisa en su rostro. Se las habría acariciado por noches enteras, por todos sus recovecos; en realidad por días y noches, por las tardes, temprano en las mañanas, pero no sin una sonrisa, no con esa mirada dura que yo no me atrevía desafiar ni siquiera con todo el alcohol que ya había tragado. Pese a eso, en el pequeño cuarto de residencial de la playa Las Cruces, donde pude llevarla, todo pareció enmendarse: mientras la observaba desde la cama, ella se desnudó, y luego, con una pequeña reverencia y el brazo extendido, dibujó un semi círculo horizontal con el dedo índice, para que entonces todo cambiara. No tuve tiempo siquiera de razonar ni de preguntarme si la ex gacela asustada había lanzado acaso un encantamiento, porque mucho antes de eso, me rodeó entre sus piernas y se apropió de mí como boa con su presa.

Tuve noche buena aunque no por amor verdadero. De mi parte sí, lo reconozco, pero no de la suya: nadie me saca de la cabeza que no era al comandante a quien ella añoraba en esos momentos, nadie me saca de la cabeza que pensaba en él mientras la agonía del deseo empezaba a alcanzarnos. Qué importa, "el amor es de pasadizos oscuros", con eso me conformé. Me conformé, apenas con unas noches de amor y con mirarla. Todo eso terminó cuando nació el chiquillo. Me pidió mudarme de cuarto para poder criarlo mejor, eso me dijo, pero en realidad fue mi vieja la que lo crió, mi mujer se preocupó apenas de amamantarlo, mi vieja, de todo lo demás. Le tejió, le cambió pañales, le hizo camisitas; si hasta en su infinito amor de abuela jugaba a encontrarle detalles míos que no existían, que no podían existir. El amor es de pasadizos oscuros, eso me repetía reconociendo que pese a todo, ésos fueron buenos momentos, una época hermosa que se fue cuando ella terminó su período de descanso. Se reincorporó al cuartel y mi comandante la mandó a llamar para un dictado: gatos encerrados otra vez. Gatos encerrados de nuevo en nuestras vidas, pero qué era yo en su vida, qué era mi comandante. Perdí el honor. Todos en el cuartel lo sabían pero nada se atrevían a decirme. Mi esposa se encerraba en la oficina con mi comandante, y yo me quedaba en mi escritorio temblando de pena y de rabia, porque nada había que yo pudiera hacer. Un pobre cabo segundo está a merced de los oficiales, eso era algo que ahora se hacía más patente, y la evidencia se tornó aún más terrible cuando él, el maldito que la había embarazado, apareció conduciendo un auto nuevo y, mi mujer, al llegar a la casa por la tarde, me dijo muy contenta que mi comandante le había ofrecido su auto antiguo por tres chauchas para que le resultara más cómodo criar al chiquillo.

No pude contenerme, hice lo que habría hecho cualquier hombre común con el honor destruido. La golpeé... se fue al suelo tras la bofetada. Si mi madre que llegó con nuestro hijo colgando no me la quita, les juro la mato.

"No me vuelvas a poner la mano encima, desgraciado", así me dijo desde el suelo donde estaba, y donde se debió quedar para siempre. "Desgraciado", así me dijo, pero mi comandante no se atrevió a decir nada. Me citó a su oficina maldita y simplemente me anunció que mi mujer se mudaría a un departamento de su propiedad y que él comprendía mi actitud, pero que yo tenía que comprender la suya. Nada más dijo, nada más que hacer. Esa tarde mi mujer volvió a la casa en el auto viejo de mi comandante, que por lo demás, era un modelo de no hacía más de tres años, y comenzó a echar en él sus pinturas, su ropa y el televisor, mientras le pedía a mi madre que cuidara a su hijo por unos días mientras se acomodaba en su nuevo domicilio. Mi madre aceptó llorando. Ella para despedirse no dio más que un portazo.

Sin embargo el desenlace se vino muy pronto: al día siguiente, mi mujer se encerró con mi comandante desde temprano, yo en vez de desesperarme, le conté al gordo Moreno que ya no era nada mío, ni siquiera pariente. Para mi alivio, él se encargó de contarlo a los demás, el gordo Moreno no es de los que se guardan secretos. Pese a ello las cosas eran difíciles, cómo soportar impasible el ruido que hacía sus cuerpos al jadear y penetrarse o al hacer quién sabe qué otras cosas. Fue entonces que llegó el momento en que ya no pude seguir aguantando y me llevé la mano al cinto. Permanecí en guardia un par de segundos tras los cuales todos en la comisaría se me echaron encima para detenerme. En eso se quedaron mis intentos, sólo en eso. No así los de la esposa del comandante que, para mala suerte de éste, ingresó por la puerta principal de nuestra comisaría, la de Los Guindos, justo en el momento en que todos estaban preocupados de contenerme. No hubo quien la contuviera a ella entonces, y pasó por el corredor sin que la notáramos. Sin que lo notáramos tampoco, irrumpió en la oficina del maldito, nosotros sólo escuchamos dos balazos. Fui el primero en ingresar a la oficina, siento que no debería contar cosas como éstas, pero es que me parece necesario: ella estaba desnuda y a horcajadas sobre él, y él, sin pantalones, a pesar de la sangre que le manaba de la cabeza, conservaba en el rostro su mirada de goce.

Me hicieron mil cargos. Los oficiales superiores deseaban a toda costa inculparme. Por suerte no pudieron decir que yo los había ajusticiado, porque el gordo Moreno antes de que nadie pudiera evitarlo, dio de copuchento una versión a los reporteros que llegaron antes que los oficiales, y la versión que contó era la verdadera y me exculpaba, aunque a él lo perjudicó tremendamente en su carrera: dos meses preso y cinco años sin ascensos. Lo siento por él, aunque gracias a eso se salvaría mi vida. En cuanto a mí, me acusaron de traidor diciendo que yo le había avisado a su esposa. Complot, eso dijeron, y conocí de la tortura, pero eso es algo que no comentaré porque necesito olvidarlo. Me encerraron por unos días, tras los cuales, fui degradado y despedido. Yo me habría retirado de todas maneras aunque no tenía aún los años suficientes. Fue por eso que las vi duras, más que duras. Si salí adelante fue sólo por la ayuda de mi madre y por el amor que le tengo a ese chiquillo. Me doy tiempo, por eso, para ayudarlo en sus tareas y traerlo hasta el colegio. Nadie creería que no soy su padre verdadero, ni siquiera yo mismo; mucho menos mi madre, que nunca supo la verdad y cada día lo ama más y con más consentimiento. El amor es de pasadizos oscuros, insisto: amo a mi hijo y mi amor no reconoce fronteras. 

Qué importa que cada día vaya dibujando en su rostro la comisura cínica que tenía su madre en los últimos tiempos, y cada día vaya rescatando más también el porte y el garbo, y la mirada orgullosa de mi propio comandante. 
Hijo mío, diablillo, ojitos de uva, dientecito de ajo.

Este cuento pertenece al libro en producción "Composiciones escolares para estudiantes crecidas", siendo la presente, una composición conmemorativa al día del carabinero.

 

El minuto feliz de Largo Viñuelas, Ramón Díaz Eterovic

KioskoHan transcurrido muchos años desde que dejamos de jugar al baloncesto con Viñuelas y a pesar de eso, que al fin de cuentas no es otra cosa que la vida, cada vez que paso frente a su quiosco de golosinas me detengo a conversar con él para recordar los partidos de antaño, su inolvidable minuto feliz, aquella noche en que sin preocuparse de la nieve que cubría las calles, los hinchas llegaron a presenciar la final del campeonato regional. Añoranzas, anécdotas repetidas, carcajadas que inevitablemente cierran el círculo de la evocación hasta el próximo encuentro. Cosas de viejos, como nos dicen nuestros hijos, cuando nos ven salir de las casas rumbo a la reunión mensual del club, en las que habitualmente se discute sobre el valor de las cuotas sociales y los jugadores más jóvenes nos miran de reojo, sin creer del todo que esos tipos gruesos y canosos sean los responsables de la copa más reluciente que ostenta la vitrina de trofeos del club.

Jugábamos por el Club Deportivo Progreso, aunque decir que Viñuelas jugaba no pasa de ser una suerte de metáfora, porque a pesar de su porte cercano a los dos metros y de sus brazos largos como los tentáculos del pulpo de "Veinte mil leguas de viaje submarino", pasaba la mayoría de los partidos en la banca, comiéndose las uñas y sonriendo cada vez que alguno de nosotros encestaba una canasta limpia y en las graderías los espectadores se llenaban de asombro por las victorias que fecha tras fecha obtenía el que hasta esa temporada había sido el equipo más malo de la liga. Equipo de barrio que entrenaba en la cancha de una escuela fiscal, integrado por jugadores con barrigas de cerveceros y uno que otro joven con ganas de figurar para cambiar de club al año siguiente. Pero ese año del minuto feliz habíamos comprado fortuna en baldes, y con un poco de aplicación y las reprimendas del entrenador los resultados tenían la felicidad de lo inesperado, y poco a poco, sacaron de la indiferencia a los vecinos del barrio, cansados hasta entonces de ir al gimnasio a ver perder a su equipo y soportar las pullas de las barras contrarias. 

Viñuelas llegó al equipo por casualidad o por un error del profesor Aguila, que una tarde cualquiera, mientras el "Largo" observaba las prácticas, lo invitó a entrar a la cancha creyendo encontrar al jugador preciso para evitar que los rivales cruzaran por nuestra área como si estuvieran en un paseo dominguero. Y la verdad es que necesitábamos a un tipo alto, porque salvo Tito Soto, los demás integrantes del equipo éramos algo petisos, paticortos, aficionados a fintar más de la cuenta y a llegar hasta la boca del área para intentar los lanzamientos. Sin embargo las esperanzas de Aguila no pasaron de ser una ilusión. Viñuelas era lento y torpe. Sus manazas rara vez llegaban con la distancia justas para atrapar la pelota, y en la bomba, en ese espacio de miedo donde se producían los racimos de manos, demostraba un talento especial para enviar el balón lejos del alcance de sus compañeros. Tampoco tenía mejor suerte con los lanzamientos al cesto, los que invariablemente terminaban por impactar en el tablero y permitían el contraataque de los adversarios. Pese a eso, a Viñuelas lo queríamos por su bondad a toda prueba y porque, cada vez que ganábamos nos recibía en el camarín con un abrazo, como si viniéramos llegando de un viaje o celebráramos el año nuevo. Era bueno de adentro, sin dobleces ni envidias, y daba la impresión que la extensión de su cuerpo le permitía mirar la vida desde una altura a la que no llegaban los comedillos ni las malas intenciones.

Viñuelas tuvo un par de oportunidades y después terminó en la banca. Sólo entraba a la cancha de vez en cuando, cinco o seis minutos, para que alguno de los titulares recuperara el resuello o cuando el marcador a nuestro favor permitía otorgar licencias a los contrarios. Pero aún así era el más puntual en llegar a los entrenamientos y cuando al final de las prácticas la mayoría nos íbamos a beber cerveza, él se quedaba en la cancha ensayando tiros que, unos tras otros, fallaban. Incluso, cuando alguien sugirió una posible miopía, Viñuelas fue a consultar a un especialista que, para que no quedaran dudas, escribió un diagnóstico que luego de algunos términos médicos concluía con tres palabras que lo decían todo: vista de lince. Es malo pero tiene entusiasmo, comentaba el profesor cada vez que le echaban en cara su mal ojo. Y eso era suficiente, porque hasta esa temporada del año 1962 nadie esperaba que el equipo hiciera otra cosa que perder por poco y ganara los tres o cuatro partidos que le permitiera mantenerse en la primera división.

En la primera fecha, Viñuelas jugó tres y pese a eso ganamos al equipo de los italianos, cosa que a un periodista lo llevó a escribir la palabra sorpresa con tinta remarcada y a insinuar que los tanos habían estado la noche anterior en una despedida de soltero. Y por lo demás, en esos días las noticias sobre el baloncesto local estaban relegadas a unas pocas líneas que casi se caían de las páginas de La Prensa Austral. Los titulares estaban dedicados al campeonato mundial de fútbol que se jugaba en Santiago, y los chicos en las calles trataban de atajar como Misael Escutti o gambetarla a la manera de Leonel Sánchez o Eladio Rojas. Tampoco se dijo nada especial cuando en la segunda fecha ganamos al Club Centenario. El resultado estaba dentro de lo esperado y a lo más, a uno que otro aficionado le llamó la atención la diferencia de quince tantos en el marcador final. Fue esa noche cuando Viñuelas dijo que seríamos campeones y Borgoño, que era el goleador del equipo, le mentó la madre antes de decirle que si no aportaba nada en las victorias, al menos mantuviera la boca cerrada, porque los dos triunfos consecutivos no pasaban de ser algo parecido a un veranillo de San Juan. Viñuelas ni se inmutó con el insulto. Simplemente guardó sus zapatillas en el bolsón de diablo fuerte que usaba para trasladar su vestuario, y luego de persignarse como hacía cada vez que abandonaba el camarín, se detuvo junto a Borgoño y le dio una trompada que lo dejó con dolor de muelas durante una semana.

Al otro día el profesor Aguila nos dio una buena reprimenda. Café cargado, como decía cada vez que nos reunía en una esquina de la cancha y con una pizarra nos iba explicando las jugadas con paciencia de ajedrecista. Castigó a Viñuelas por un partido y aunque nadie lo extrañó en el juego, si sentimos su ausencia cuando después de ganar al equipo de los universitarios, nadie nos recibió con abrazos en el camarín. El profesor Aguila también sintió la ausencia y al partido siguiente hizo jugar a Viñuelas desde el comienzo, con lo cual en el segundo tiempo tuvimos que remontar un marcador de quince tantos en contra y un locutor radial, eufórico, habló de la imparable aplanadora amarilla. Y desde ese día nos empezaron a mirar con respeto y en la prensa publicaron la primera entrevista al profesor Aguila que se dio maña para hacer comentario sobre el equipo y plantear las reinvidicaciones del sindicato de maestros.
El mismo día que Chile salía tercero en el campeonato mundial de fútbol, terminamos la primera rueda del torneo dos puntos arriba del Club Sokol. Teníamos una barra de cincuenta vecinos que hablaban del milagro de los cerveceros y los envidiosos que nunca faltan auguraban que para la segunda ronda nos tendríamos fuelle y repetían el manido dicho de la partida de caballo y llegada de burro. Y por un fin de semana pensamos que el dicho se haría realidad. Perdimos el invicto y para no desalentarnos le cargamos los dados a Viñuela que en ausencia de Martínez, un morocho de veinte puntos por partido, tuvo que jugar el primer partido completo de su vida. Se paró en la bomba, sobre el círculo de los tiros libres y como un espectador distraído se dedicó a ver pasar a los rivales por su lado, sin atreverse a disputar las pelotas, aleteando con sus brazos al igual que un cóndor viejo al que se le olvidó volar. Pero nadie le dijo nada. Unos, los más jóvenes, se fueron a tomar cervezas al American Service, y los otros a sus casas, a rabiar con sus esposas y el ardor de los ungüentos que usaban para aliviar el dolor de los músculos. Lo que nadie sabía ni menos imaginó esa noche era que Viñuelas nos tenía reservada una sorpresa.

La seguidilla de triunfos continuó en las semanas siguientes, a tal punto que fuimos invitados a jugar a Río Gallegos contra un equipo de estudiantes argentinos que nos hicieron quedar en ridículo con su marcación al hombre y una sinfonía de pases, rápidos y certeros, que ya a los diez minutos del partido nos hizo entender que estábamos en la fiesta equivocada. De todos modos los argentinos se portaron bien, nos regalaron un galvano que Aguila dejó olvidado en el bus y nos invitaron a un asado de cordero que sirvió para olvidar la humillación de la derrota. En nuestra ciudad nadie supo la verdad de la gira, porque al único periodista que se interesó en la noticia le contamos una película en colores, en la que los héroes fuimos nosotros, incluido Viñuelas que agarró vuelo con la humorada y declaró que había marcado diez puntos, cuando lo único que había hecho era pasearse por la orilla de la cancha regalando a las muchachas unas banderillas chilenas que nunca nadie supo de donde sacó. Lo cierto es que la farra en Río Gallegos nos hizo pisar tierra firme de nuevo. El profesor Aguila reunió a los titulares en su casa - Martínez, Borgoño, el Chueco Alvarez, el gringo Soto, y Vera- y nos enseñó a contar cuantos pares son tres moscas para ver si nos poníamos serios y enfrentábamos el resto del campeonato con algo más de humildad. Al resto los ignoró, aunque Viñuelas se las ingenió para aparecer en la casa del profesor, argumentando que venía a dejar unas revistas Ritmo a la Martita, la hija menor de nuestro entrenador, cosa que dicho de paso tampoco hacía mucha gracia al profesor, tal vez porque cuidaba a la niña o porque en sus peores pesadillas se veía intentando enseñar a jugar baloncesto a unos nietecitos tan larguiruchos y torpes como Viñuelas.

Y así llegamos a la noche de aquellos recuerdos que no se borran y nos hace incluir a Viñuelas en las memorias de aquel equipo del año sesenta y dos. Dos horas antes del partido nos reunimos en una cafetería de la calle Roca, para dejar pasar el tiempo conversamos de cosas sin importancia y luego de un gesto de Aguila, nos encaminamos hasta el gimnasio. Había nevado las dos noches anteriores y en las veredas espejeaba una escarcha resbaladiza que nos hizo andar despacio, a tientas y cabizbajos, como un grupo de niños que comenzaba a dar sus primeros pasos. Y la verdad es que la cosa no estaba para bromas ni optimismo. El equipo había llegado disminuido a la final del campeonato. De los diez jugadores que lo integraban al inicio de temporada, cuatro estaban ausentes esa noche. López y Salgado con sus respectivos esguinces, Bañados estaba de viaje por un asunto de trabajo, y Valencia había cambiado la práctica del baloncesto por la administración de un bar donde había criado panza y ocio. O sea que, además del equipo titular, toda la banca de reservas que teníamos era Viñuelas, lo que para los efectos de tratar de ganar el partido era casi decir nadie.

El gimnasio, con su imponente frontis de coliseo romano, estaba repleto de espectadores, y ya de entrada apreciamos el entusiasmo de la gente que se dividían entre una mayoría que apoyaba a los croatas del Sokol, y otros pocos, ubicados en las galerías, que creían en nosotros con fe de iniciados. Nos tocó el camarín número dos y eso ya nos pareció que era como tropezar con el pie izquierdo o pasar bajo una escalera. Por los vidrios rotos de las ventanas se filtraba el frío y era casi seguro que al final del partido tendríamos que ducharnos con agua helada. Pero esa noche estábamos para cualquier gesto heroico y a medida que nos fuimos masajeando las piernas con vaselina o mentolatum, tomamos esa confianza que nos hizo entrar a la cancha y en menos de cinco minutos distanciarnos diez puntos de los rivales, para felicidad de Viñuelas que desde la banca nos aplaudía, mientras a sus pies se acumulaba una montaña de cáscaras de maní. Antes de terminar el primer tiempo, el profesor pidió un minuto de descanso y nos ordenó pausar el juego porque hasta donde le daba la experiencia, los rivales nos estaban aguantado para pasarnos a llevar en la segunda parte. Martínez le dijo al profesor que no se preocupara ya que esa noche tenía la muñeca firme y cada uno de sus tiros había entrado seco en el arco contrario y además, Borgoño se estaba haciendo el pino desde las esquinas y hasta unos ganchos había conseguido meter, ante el asombro de los sokolinos que no entendían por que parte entraba ese petiso patichueco. En el entretiempo volvimos al camarín acompañados por el silencio de las tribunas y la pequeña algarabía de la galucha en la que nuestros hinchas comenzaban a ponerse de acuerdo en el boliche al que irían a celebrar una vez que el tablero electrónico marcara el final de la contienda.

Sin embargo esa noche estábamos condenados a sufrir. Lo supimos apenas iniciado el segundo tiempo, cuando vimos caer a Martínez acalambrado hasta decir no va más. Vimos la desesperación reflejada en el rostro del profesor y a Viñuelas, que sentado en la banca, no atinaba a decidir entre sacarse el buzo o salir corriendo fuera del gimnasio. Al final optó por entrar a la cancha y Aguila gritó dos instrucciones básicas: Viñuelas debía pararse en medio de nuestra área y levantar sus manotas para molestar los lanzamientos rivales, y nosotros por ningún motivo pasarle la pelota. Parecía simple, pero al rato de reanudarse el partido, los contrarios reconocieron el callejón descuidado que dejaba la pobre defensa de Viñuelas y por ahí, una y otra vez se fueron metiendo hasta que a treinta segundos del final lograron superarnos por un punto. En ese momento, cuando la buena campaña del año se esfumaba, sucedió lo que nunca más quisimos olvidar. Martínez avanzó por la banda derecha, eludió a uno de los contrarios y lanzó la pelota con tal violencia que ésta rebotó en el tablero y fue a dar a las manos de Viñuelas que, parado en el círculo central, la tomó entre sus manos con más angustia que un suicida al borde del abismo. Nos miró uno a uno como suplicando que alguno de nosotros le hiciera la gauchada de sacarlo del embrollo. El gimnasio enmudeció y todos los que estábamos en él oímos la mentada de madre que le tiró el profesor. Entonces ocurrió lo que nadie esperaba. Viñuelas dio tres pasos de zancudo, miró con rabia al profesor e impulsó el balón con tanta violencia que, haciendo una comba interminable, entró en el cesto en el mismo segundo que el timbre del control señalaba el final del partido. Lo demás, y porque después de esa temporada nunca más volvimos a ser campeones, es la historia que recordamos siempre en nuestras conversaciones. Su paseo en andas por la cancha, las entrevistas en el camarín, los titulares de los diarios al otro día, y su tristeza cuando al inicio del siguiente campeonato, y a pesar de que le debía un título, el profesor lo volvió a dejar sentado en la banca.

Actualizado (Sábado, 02 de Junio de 2012 16:37)

 

Cuento clásico chileno “El vaso de leche” Escritor: Manuel Rojas

Usar puntuación: / 50
MaloBueno 

Manuel_RAfirmado en la barandilla de estribor, el marinero parecía esperar a alguien. Tenía en la mano izquierda un envoltorio de papel blanco, manchado de grasa en varias partes. Con la otra mano atendía la pipa.

Entre unos vagones apareció un joven delgado; se detuvo un instante, miró hacia el mar y avanzó después, caminando por la orilla del muelle con las manos en los bolsillos, distraído o pensando.

Cuando pasó frente al barco, el marinero le gritó en inglés:

-I say; look here! (¡Oiga, mire!)

El joven levantó la cabeza y, sin detenerse, contestó en el mismo idioma:

-Hallow! What? (¡Hola! ¡Qué?)

-Are you hungry? (¿Tiene hambre?)

Hubo un breve silencio, durante el cual el joven pareció reflexionar y hasta dio un paso más corto que los demás, como para detenerse; pero al fin dijo, mientras dirigía al marinero una sonrisa triste:

-No, I am not hungry! Thank you, sailor. (No, no tengo hombre. Muchas gracias, marinero.)

-Very well. (Muy bien.)

Sacose la pipa de la boca el marinero, escupió y colocándosela de nuevo entre los labios, miró hacia otro lado. El joven, avergonzado de que su aspecto despertara sentimientos de caridad, pareció apresurar el paso, como temiendo arrepentirse de su negativa.

Un instante después un magnífico vagabundo, vestido inverosímilmente de harapos, grandes zapatos rotos, larga barba rubia y ojos azules, pasó ante el marinero, y éste, sin llamarlo previamente, le gritó:

-Are you hungry?

No había terminado aún su pregunta cuando el atorrante, mirando con ojos brillantes el paquete que el marinero tenía en las manos, contestó apresuradamente:-Yes, sir, I am very hungry! (Sí, señor, tengo harta hambre.)

Sonrió el marinero. El paquete voló en el aire y fue a caer entre las manos ávidas del hambriento. Ni siquiera dio las gracias y abriendo el envoltorio calentito aún, sentose en el suelo, restregándose las manos alegremente al contemplar su contenido. Un atorrante de puerto puede no saber inglés, pero nunca se perdonaría no saber el suficiente como para pedir de comer a uno que hable ese idioma.

El joven que pasara momentos antes, parado a corta distancia de allí, presenció la escena.

Él también tenía hambre. Hacía tres días justos que no comía, tres largos días. Y más por timidez y vergüenza que por orgullo, se resistía a pararse delante de las escalas de los vapores, a las horas de comida, esperando de la generosidad de los marineros algún paquete que contuviera restos de guisos y trozos de carne. No podía hacerlo, no podría hacerlo nunca. Y cuando, como es el caso reciente, alguno le ofrecía sus sobras, las rechazaba heroicamente, sintiendo que la negativa aumentaba su hambre.

Seis días hacía que vagaba por las callejuelas y muelles de aquel puerto. Lo había dejado allí un vapor inglés procedente de Punta Arenas, puerto en donde había desertado de un vapor en que servía como muchacho de capitán. Estuvo un mes allí, ayudando en sus ocupaciones a un austriaco pescador de centollas, y en el primer barco que pasó hacia el norte embarcose ocultamente. Lo descubrieron al día siguiente de zarpar y enviáronlo a trabajar en las calderas. En el primer puerto grande que tocó el vapor lo desembarcaron, y allí quedó, como un fardo sin dirección ni destinatario, sin conocer a nadie, sin un centavo en los bolsillos y sin saber trabajar en oficio alguno. Mientras estuvo allí el vapor, pudo comer, pero después... La ciudad enorme, que se alzaba más allá de las callejuelas llenas de tabernas y posadas pobres, no le atraía; parecíale un lugar de esclavitud, sin aire, oscura, sin esa grandeza amplia del mar, y entre cuyas altas paredes y calles rectas la gente vive y muere aturdida por un tráfago angustioso.

Estaba poseído por la obsesión del mar, que tuerce las vidas más lisas y definidas como un brazo poderoso una delgada varilla. Aunque era muy joven había hecho varios viajes por las costas de América del Sur, en diversos vapores, desempeñando distintos trabajos y faenas, faenas y trabajos que en tierra casi no tenían explicación.

Después que se fue el vapor anduvo, esperando del azar algo que le permitiera vivir de algún modo mientras volvía a sus canchas familiares; pero no encontró nada. El puerto tenía poco movimiento y en los contados vapores en que se trabajaba no lo aceptaron.

Ambulaban por allí infinidad de vagabundos de profesión; marineros sin contrata, como él, desertados de un vapor o prófugos de algún delirio; atorrantes abandonados al ocio, que se mantienen de no se sabe qué, mendigando o robando, pasando los días como las cuentas de un rosario mugriento, esperando quién sabe qué extraños acontecimientos, o no esperando nada, individuos de las razas y pueblos más exóticos y extraños, aun de aquellos en cuya existencia no se cree hasta no haber visto un ejemplar.*

Al día siguiente, convencido de que no podría resistir mucho más, decidió recurrir a cualquier medio para procurarse alimentos.

Caminando, fue a dar delante de un vapor que había llegado la noche anterior y que cargaba trigo. Una hilera de hombres marchaba, dando la vuelta, al hombro los pesados sacos, desde los vagones, atravesando una planchada, hasta la escotilla de la bodega, donde los estibadores recibían la carga. Estuvo un rato mirando hasta que atreviose a hablar con el capataz, ofreciéndose. Fue aceptado y animosamente formó parte de la larga fila de cargadores.

Durante el tiempo de la jornada trabajó bien; pero después empezó a sentirse fatigado y le vinieron vahídos, vacilando en la planchada cuando marchaba con la carga al hombro, viendo a sus pies la abertura formada por el costado del vapor y el murallón del muelle, en el fondo de la cual, el mar, manchado de aceite y cubierto de desperdicios, glogloteaba sordamente.

A la hora de almorzar hubo un breve descanso y en tanto que algunos fueron a comer en los figones cercanos y otros comían lo que habían llevado, él se tendió en el suelo a descansar, disimulando su hambre.

Terminó la jornada completamente agotado, cubierto de sudor, reducido ya a lo último. Mientras los trabajadores se retiraban, se sentó en unas bolsas acechando al capataz, y cuando se hubo marchado el último acercose a él y confuso y titubeante, aunque sin contarle lo que le sucedía, le preguntó si podían pagarle inmediatamente o si era posible conseguir un adelanto a cuenta de lo ganado.

Contestole el capataz que la costumbre era pagar al final del trabajo y que todavía sería necesario trabajar el día siguiente para concluir de cargar el vapor. ¡Un día más! Por otro lado, no adelantaban un centavo.
-Pero -le dijo-, si usted necesita, yo podría prestarle unos cuarenta centavos... No tengo más.
Le agradeció el ofrecimiento con una sonrisa angustiosa y se fue. Le acometió entonces una desesperación aguda. ¿Tenía hambre, hambre, hambre! Un hambre que lo doblegaba como un latigazo; veía todo a través de una niebla azul y al andar vacilaba como un borracho. Sin embargo, no había podido quejarse ni gritar, pues su sufrimiento era obscuro y fatigante; no era dolor, sino angustia sorda, acabamiento; le parecía que estaba aplastado por un gran peso. Sintió de pronto como una quemadura en las entrañas, y se detuvo. Se fue inclinando, inclinando, doblándose forzadamente y creyó que iba a caer. En ese instante, como si una ventana se hubiera abierto ante él, vio su casa, el paisaje que se veía desde ella, el rostro de su madre y el de sus hermanos, todo lo que él quería y amaba apareció y desapareció ante sus ojos cerrados por la fatiga...Después, poco a poco, cesó el desvanecimiento y se fue enderezando, mientras la quemadura se enfriaba despacio. Por fin se irguió, respirando profundamente. Una hora más y caería al suelo.

Apuró el paso, como huyendo de un nuevo mareo, y mientras marchaba resolvió ir a comer a cualquier parte, sin pagar, dispuesto a que lo avergonzaran, a que le pegaran, a que lo mandaran preso, a todo; lo importante era comer, comer, comer. Cien veces repitió mentalmente esta palabra; comer, comer, comer, hasta que el vocablo perdió su sentido, dejándole una impresión de vacío caliente en la cabeza.

No pensaba huir; le diría al dueño: "Señor, tenía hambre, hambre, hambre, y no tengo con qué pagar... Haga lo que quiera".

Llegó hasta las primeras calles de la ciudad y en una de ellas encontró una lechería. Era un negocio muy claro y limpio, lleno de mesitas con cubiertas de mármol: Detrás de un mostrador estaba de pie una señora rubia con un delantal blanquísimo.

Eligió ese negocio. La calle era poco transitada. Habría podido comer en uno de los figones que estaban junto al muelle, pero se encontraban llenos de gente que jugaba y bebía.

En la lechería no había sino un cliente. Era un vejete de anteojos, que con la nariz metida entre las hojas de un periódico, leyendo, permanecía inmóvil, como pegado a la silla. Sobre la mesita había un vaso de leche a medio consumir. Esperó que se retirara, paseando por la acera, sintiendo que poco a poco se le encendía en el estómago la quemadura de antes, y esperó cinco, diez, hasta quince minutos. Se cansó y parose a un lado de la puerta, desde donde lanzaba al viejo una miradas que parecían pedradas.

¿Qué diablos leería con tanta atención! Llegó a imaginarse que era un enemigo suyo, quien, sabiendo sus intenciones, se hubiera propuesto entorpecerlas. Le daban ganas de entrar y decirle algo fuerte que le obligara a marcharse, una grosería o una frase que le indicara que no tenía derecho a permanecer una hora sentado, y leyendo, por un gasto reducido.

Por fin el cliente terminó su lectura, o por lo menos, la interrumpió. Se bebió de un sorbo el resto de leche que contenía el vaso, se levantó pausadamente, pagó y dirigiose a la puerta. Salió; era un vejete encorvado, con trazas de carpintero o barnizador.

Apenas estuvo en la calle, afirmose los anteojos, metió de nuevo la nariz entre las hojas del periódico y se fue, caminando despacito y deteniéndose cada diez pasos para leer con más detenimiento.

Esperó que se alejara y entró. Un momento estuvo parado a la entrada, indeciso, no sabiendo dónde sentarse; por fin eligió una mesa y dirigiose hacia ella; pero a mitad de camino se arrepintió, retrocedió y tropezó en una silla, instalándose después en un rincón.

Acudió la señora, pasó un trapo por la cubierta de la mesa y con voz suave, en la que se notaba un dejo de acento español, le preguntó:

-¿Qué se va a servir?

Sin mirarla, le contestó:

-Un vaso de leche.

-¿Grande?-Sí, grande.

-¿Solo?-¿Hay bizcochos?
-No; vainillas.

-Bueno, vainillas.

Cuando la señora se dio vuelta, él se restregó las manos sobre las rodillas, regocijado, como quien tiene frío y va a beber algo caliente. Volvió la señora y colocó ante él un gran vaso de leche y un platito lleno de vainillas, dirigiéndose después a su puesto detrás del mostrador. Su primer impulso fue beberse la leche de un trago y comerse después las vainillas, pero en seguida se arrepintió; sentía que los ojos de la mujer lo miraban con curiosidad. No se atrevía a mirarla; le parecía que, al hacerlo, conocería su estado de ánimo y sus propósitos vergonzosos y él tendría que levantarse e irse, sin probar lo que había pedido.

Pausadamente tomó una vainilla, humedeciola en la leche y le dio un bocado; bebió un sorbo de leche y sintió que la quemadura, ya encendida en su estómago, se apagaba y deshacía. Pero, en seguida, la realidad de su situación desesperada surgió ante él y algo apretado y caliente subió desde su corazón hasta la garganta; se dio cuenta de que iba a sollozar, a sollozar a gritos, y aunque sabía que la señora lo estaba mirando no pudo rechazar ni deshacer aquel nudo ardiente que le estrechaba más y más. Resistió, y mientras resistía comió apresuradamente, como asustado, temiendo que el llanto le impidiera comer. Cuando terminó con la leche y las vainillas se le nublaron los ojos y algo tibio rodó por su nariz, cayendo dentro del vaso. Un terrible sollozo lo sacudió hasta los zapatos.

Afirmó la cabeza en la manos y durante mucho rato lloró, lloró con pena, con rabia, con ganas de llorar, como si nunca hubiese llorado.

Inclinado estaba y llorando, cuando sintió que una mano le acariciaba la cansada cabeza y que una voz de mujer, con un dulce acento español, le decía:
-Llore, hijo, llore...

Una nueva ola de llanto le arrasó los ojos y lloró con tanta fuerza como la primera vez, pero ahora no angustiosamente, sino con alegría, sintiendo que una gran frescura lo penetraba, apagando eso caliente que le había estrangulado la garganta. Mientras lloraba pareciole que su vida y sus sentimientos se limpiaban como un vaso bajo un chorro de agua, recobrando la claridad y firmeza de otros días.

Cuando pasó el acceso de llanto se limpió con su pañuelo los ojos y la cara, ya tranquilo. Levantó la cabeza y miró a la señora, pero ésta no le miraba ya, miraba hacia la calle, a un punto lejano, y su rostro estaba triste. En la mesita, ante él, había un nuevo vaso de leche y otro platillo colmado de vainillas; comió lentamente, sin pensar en nada, como si nada le hubiera pasado, como si estuviera en su casa y su madre fuera esa mujer que estaba detrás del mostrador.

Cuando terminó ya había oscurecido y el negocio se iluminaba con una bombilla eléctrica. Estuvo un rato sentado, pensando en lo que le diría a la señora al despedirse, sin ocurrírsele nada oportuno.

Al fin se levantó y dijo simplemente:

-Muchas gracias, señora; adiós..

-Adiós, hijo... -le contestó ella.Salió. El viento que venía del mar refrescó su cara, caliente aún por el llanto. Caminó un rato sin dirección, tomando después por una calle que bajaba hacia los muelles. La noche era hermosísima y grandes estrellas aparecían en el cielo de verano.

Pensó en la señora rubia que tan generosamente se había conducido e hizo propósitos de pagarle y recompensarla de una manera digna cuando tuviera dinero; pero estos pensamientos de gratitud se desvanecían junto con el ardor de su rostro, hasta que no quedó ninguno, y el hecho reciente retrocedió y se perdió en los recodos de su vida pasada.

De pronto se sorprendió cantando algo en voz baja. Se irguió alegremente, pisando con firmeza y decisión.

Llegó a la orilla del mar y anduvo de un lado para otro, elásticamente, sintiéndose rehacer, como si sus fuerzas interiores, antes dispersas, se reunieran y amalgamaran sólidamente.

Después la fatiga del trabajo empezó a subirle por las piernas en un lento hormigueo y se sentó sobre un montón de bolsas.

Miró el mar. Las luces del muelle y las de los barcos se extendían por el agua en un reguero rojizo y dorado, temblando suavemente. Se tendió de espaldas, mirando el cielo largo rato. No tenía ganas de pensar, ni de cantar, ni de hablar. Se sentía vivir, nada más.
Hasta que se quedó dormido con el rostro vuelto hacia el mar. 

 



La auténtica obra de arte se renueva desde sus entrañas
Hernán Díaz Arrieta (Alone)

"Nunca he podido pensar como pudiera hacerlo un metro, línea tras línea, centímetro tras centímetro, hasta llegar a ciento o a mil, y mi memoria no es mucho mejor: salta de un hecho a otro y toma a veces los que aparecen primero, volviendo sobre sus pasos sólo cuando los otros, más perezosos o más densos, empiezan a surgir a su vez desde el fondo de la vida pasada". Manuel Rojas fue un escritor autodidacta que revolucionó la forma narrativa, rechazando el realismo tradicional del naturalismo y criollismo en boga hasta la fecha, cambiando las estructuras y el lenguaje tanto como la sensibilidad de los personajes y las situaciones narrativas. Incorporó a la literatura chilena rasgos propios del superrealismo, que comienzan a aparecer en la generación de 1927, a la que se adscribe Manuel Rojas, junto a otros autores de carácter innovador como Juan Emar y Salvador Reyes. 

Este destacado autor, introdujo el monólogo interior (o corriente de la conciencia) en su novela Hijo de ladrón, en forma más específica en el fragmento conocido como "La herida". Es la primera vez que en la narrativa chilena aparecen en forma consciente los procedimientos utilizados en la novela anglosajona, sobre todo por James Joyce y William Faulkner. Otro rasgo importante en las innovaciones narrativas que aportó Manuel Rojas a la literatura nacional, es la incursión sicológica y existencial en sus personajes, situados en la condición de marginalidad social, personajes tales como ladrones, pescadores, aventureros, actores de teatro, bohemios, anarquistas, obreros revolucionarios y adolescentes en su proceso de formación. Uno de sus personajes más importantes, Aniceto Hevia, es precisamente un adolescente en formación, a la que asistimos en la conocida tetralogía de aprendizaje, constituida por las novelas Hijo de ladrón (1951), Mejor que el vino (1958), Sombras contra el muro (1964) y La oscura vida radiante (1971). 

La obra de Manuel Rojas tiene fuertes rasgos autobiográficos. El mismo autor fue protagonista de aventuras como atravesar la cordillera de Los Andes a pie por el Cajón del Maipo, y desempeñar múltiples oficios en su vida, tales como apuntador de teatro, cuidador de faluchos (lanchas) en Valparaíso, obrero y viajero incansable; experiencias que quedaron plasmadas en textos como A pie por Chile, Lanchas en la bahía o los escritos recogidos en su Antología Autobiográfica. Una de las experiencias más importantes en la formación intelectual de Manuel Rojas, fue el contacto con los integrantes del movimiento anarquista de la época, entre los que se encontraban el escritor José Santos González Vera (1897-1970) y el malogrado joven poeta José Domingo Gómez Rojas, quién fue el que lo incentivó y convenció de su vocación literaria. Dan cuenta de ello variadas entrevistas y artículos y notas periodísticas y su propia obra, sobre todo su última novela La oscura vida radiante. 


A partir de estas experiencias, además de su nutrida obra narrativa, Manuel Rojas escribió textos de carácter teórico, como Apuntes sobre la expresión escrita y una Breve historia de la literatura chilena. Además colaboró regularmente con variados artículos en la revista Babel. También incursionó en la poesía, tempranamente, con el soneto "Gusano", antologado en la revista Los Diez, los libros Tonada del transeúnte (1927) y Deshecha rosa (1954). Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1957.

 

Cuentos clásicos Chilenos: "Lo Secreto" María Luisa Bombal

Usar puntuación: / 3
MaloBueno 

Mara_Luisa_Bombal Sé muchas cosas que nadie sabe.

- Conozco del mar, de la tierra y del cielo infinidad de secretos pequeños y mágicos.- Esta vez, sin embargo, no contaré sino del mar.

Aguas abajo, más abajo de la honda y densa zona de tinieblas, el océano vuelve a iluminarse. Una luz dorada brota de gigantescas esponjas, refulgentes y amarillas como soles.

Actualizado (Jueves, 26 de Enero de 2012 00:38)

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La comuerta número 12: Escritor Chileno: Baldomero Lillo

Cuento_Chileno_LaPablo se aferró instintivamente a las piernas de su padre. Zumbábanle los oídos y el piso que huía debajo de sus pies le producía una extraña sensación de angustia. Creíase precipitado en aquel agujero cuya negra abertura había entrevisto al penetrar en la jaula, y sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes del pozo en el que se hundían con vertiginosa rapidez. En aquel silencioso descenso

Actualizado (Viernes, 21 de Octubre de 2011 00:44)

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La Espera - Escritor Chileno: Guillermo Blanco

Usar puntuación: / 5
MaloBueno 

Guillermo_Blanco(Premio único. Concuso Interamericano de Cuentos de "El Nacional", México, 1956)
Había dejado  de llover cuando despertó. Aún era de  noche, pero afuera estaba  casi claro,  y a  través de  una de las  ventanas penetraba el resplandor  vago, fantasmal, del plenilunio.  Desde el  camino llegaba  el son  del viento  entre las  hojas de  los álamos. Más acá, en el  pasillo o en alguna de las habitaciones, una tabla crujió.  Luego crujió una

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El Preceptor Bizco; José Santos González Vera

Usar puntuación: / 1
MaloBueno 

Jose_SantoEn la escuela fue donde conocí, por primera vez, el aspecto brutal de la vida.

La escuela parroquias funcionaba en una feísima y vieja casa, compuesta de grandes salas yertas. El patio, aunque extenso, por estar encerrado entre altos muros, era más frío y extraño que las salas. Además estaba como aplastado por la sombra de la iglesia contigua. La fisonomía de ese patio estará siempre fija en mi memoria.

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BAR: de Reynaldo Lacámara- Chile

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MaloBueno 

Reynaldo_Lacamara_C._1En el material traslúcido, brillan los ojos del compadre, cuando le habla la niña, cuando Los Jaivas en un Burlitzer de Peñuelas o cuando Violeta en un local de Pelequén. Hay bares de finas hierbas, con otro compadre envuelto en humo y cantando.

Hay pelambres en Longaví, es la costumbre, donde es necesario estar y no retirarse primero.

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Santo Remedio (cuento) Eduardo Barrios - Escritor Chileno

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MaloBueno 

A_BarriosSe me ocurre que mientras dormimos también el espíritu suele quedar en una mala postura, y que por ello, algunas mañanas, aun cuando el cuerpo esté ágil y normal, amanecemos con el espíritu trabado de incomodidad. Nos movemos todo el tiempo entre los seres y las tosas con el tino zurdo, predispuestos a toda clase de fracasos. Y aun se diría que atraemos malas situaciones o conducimos nuestros pasos cabalmente allá donde hallaremos sucesos desagradables.

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Canto y baile [Cuento), Manuel Rojas

A_AManuelLos muebles de aquel salón de baile eran tapizados con brocato color rojo; rojo era también el papel que cubría las paredes y roja la alfombra que, después de orillar de encarnado las patas de las sillas y sillones, terminaba súbitamente ante el piano. En las ropas de las mujeres de aquel salón de baile predominaba igualmente el color rojo. Los espejos, cuatro grandes, colocados uno encima del piano,

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Cuento número 13 - Andén de los Sueños

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MaloBueno 

AguileraEn reiteradas oportunidades, me había percatado de la presencia de un sujeto que me estaba siguiendo. En cierta ocasión entré a tomarme un café al “Copacabana”, y allí lo hallé.   Haciéndose el desentendido, pidió un café con soda y unas galletitas de vainilla, para quedarse largo rato en un rincón tratando de pasar lo más inadvertido posible. Cerca del ventanal, lo sorprendí varias veces observándome con el rabillo

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