Clásicos chilenos
La Competencia. por Thelma Muñoz Sotomayor, Escritora Chilena, pintora de importante trayectoria.
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Hijo de diablo y diabla: Escritor Chileno Martín Faunes
"Asuma", dijo mi comandante, pero yo me negué. No sé si era o no mi obligación como decía él, pero continué negándome, y no me importó que me repitiera treinta veces que era una cuestión de honor. "No ha sido cosa mía", fue una de las pocas cosas que pude responder en la discusión, porque él no me dejaba argumentar amenazándome con cortes marciales y las penas del infierno. Pero yo tenía razón, no había sido mi culpa, todo lo contrario; era su culpa, su propia culpa. «Gato encerrado» andaban diciendo: una escribiente puede demorarse, pero no todas las veces, y cuando el gordo Moreno se atrevió a comentarlo, ya casi todos lo sabían. Se encerraba con mi comandante y ya no parecía la gacela asustada de los primeros días, pero yo igual me la quedaba mirando. Para mi fatalidad, mi escritorio estaba frente al suyo: escritorio para damas con un tablado para cubrirle las piernas. Pero cómo ignorarla, si tras ese tablado, imaginaba sus rodillas blancas y una sombra más oscura hacia donde terminaban las medias. Claro que mi comandante no tenía necesidad de imaginar nada, ella se encerrada con él, todos lo sabíamos. Por eso cuando vino con lo del honor y esas tonterías, sentí que era mi deber negarme. Me salió con que yo era el único soltero y que además no aceptaban madres sin marido en la institución, "si no, la enviarás a la cesantía, y será el sino que va a marcarte y te estará persiguiendo". Qué hacer, qué decir. En un momento de rabia me trató de homosexual, "lo que faltaba es que se nos llenara la institución de maricones", dijo en voz alta para que escucharan mis compañeros, pero agregó más bajo "sé que no eres maricón, he visto cómo la observas". Le respondí que no era ningún maricón y que si estaba soltero era por no dejar sola a mi madre. Y él, "te la llevas a vivir con tu vieja, para que aproveche de cuidar al nieto". Qué remedio. Podrán pensar que soy un simplón, pero eso no es tan cierto, se me habían terminado los argumentos; pero además, desde otro punto de vista, podría cumplir un sueño: rozar su piel por las noches antes de dormirnos, tal vez una caricia, un beso furtivo. Por qué no amor verdadero. Todo el cuartel vino a nuestro casamiento, algo que no necesariamente me honraba. Tampoco a mi mujer que trató a las mujeres de mis compañeros con desprecio. Quizá esperaba ver allí esa noche a las esposas de los otros oficiales, pero ellas, por supuesto, no se presentaron. La torta la puso mi propio comandante que nos envió también un televisor de regalo, aunque puso en la tarjeta que era un presente de toda la unidad, algo que yo no creería. Pese a todo, en la fiesta estaba como embobado. Feliz, pero embobado. El comandante la sacó a bailar después del vals, y bailó con ella tres piezas seguidas, para entonces retirarse como un triunfador. Y es que él era realmente un triunfador. Mi comandante un triunfador y yo un payaso. Pero no tendría por qué seguir siéndolo: me acerqué a la que ya era mi mujer para tratar de arreglar el problema que de verdad me importaba. Ella estaba en la mesa de honor, tal como se sentaba en su escritorio frente al mío, pero nada había de la gacela asustada de antes; esta vez se me quedó mirando como las leonas que desafían al macho, y como nada me atreví a decirle, después de una pausa de horas, se recogió un poco la falda para que pudiera verle las piernas. Yo amaba sus piernas, pero no así, yo quería admirarlas con una sonrisa en su rostro, besarlas con una sonrisa en su rostro. Se las habría acariciado por noches enteras, por todos sus recovecos; en realidad por días y noches, por las tardes, temprano en las mañanas, pero no sin una sonrisa, no con esa mirada dura que yo no me atrevía desafiar ni siquiera con todo el alcohol que ya había tragado. Pese a eso, en el pequeño cuarto de residencial de la playa Las Cruces, donde pude llevarla, todo pareció enmendarse: mientras la observaba desde la cama, ella se desnudó, y luego, con una pequeña reverencia y el brazo extendido, dibujó un semi círculo horizontal con el dedo índice, para que entonces todo cambiara. No tuve tiempo siquiera de razonar ni de preguntarme si la ex gacela asustada había lanzado acaso un encantamiento, porque mucho antes de eso, me rodeó entre sus piernas y se apropió de mí como boa con su presa. Tuve noche buena aunque no por amor verdadero. De mi parte sí, lo reconozco, pero no de la suya: nadie me saca de la cabeza que no era al comandante a quien ella añoraba en esos momentos, nadie me saca de la cabeza que pensaba en él mientras la agonía del deseo empezaba a alcanzarnos. Qué importa, "el amor es de pasadizos oscuros", con eso me conformé. Me conformé, apenas con unas noches de amor y con mirarla. Todo eso terminó cuando nació el chiquillo. Me pidió mudarme de cuarto para poder criarlo mejor, eso me dijo, pero en realidad fue mi vieja la que lo crió, mi mujer se preocupó apenas de amamantarlo, mi vieja, de todo lo demás. Le tejió, le cambió pañales, le hizo camisitas; si hasta en su infinito amor de abuela jugaba a encontrarle detalles míos que no existían, que no podían existir. El amor es de pasadizos oscuros, eso me repetía reconociendo que pese a todo, ésos fueron buenos momentos, una época hermosa que se fue cuando ella terminó su período de descanso. Se reincorporó al cuartel y mi comandante la mandó a llamar para un dictado: gatos encerrados otra vez. Gatos encerrados de nuevo en nuestras vidas, pero qué era yo en su vida, qué era mi comandante. Perdí el honor. Todos en el cuartel lo sabían pero nada se atrevían a decirme. Mi esposa se encerraba en la oficina con mi comandante, y yo me quedaba en mi escritorio temblando de pena y de rabia, porque nada había que yo pudiera hacer. Un pobre cabo segundo está a merced de los oficiales, eso era algo que ahora se hacía más patente, y la evidencia se tornó aún más terrible cuando él, el maldito que la había embarazado, apareció conduciendo un auto nuevo y, mi mujer, al llegar a la casa por la tarde, me dijo muy contenta que mi comandante le había ofrecido su auto antiguo por tres chauchas para que le resultara más cómodo criar al chiquillo. No pude contenerme, hice lo que habría hecho cualquier hombre común con el honor destruido. La golpeé... se fue al suelo tras la bofetada. Si mi madre que llegó con nuestro hijo colgando no me la quita, les juro la mato. "No me vuelvas a poner la mano encima, desgraciado", así me dijo desde el suelo donde estaba, y donde se debió quedar para siempre. "Desgraciado", así me dijo, pero mi comandante no se atrevió a decir nada. Me citó a su oficina maldita y simplemente me anunció que mi mujer se mudaría a un departamento de su propiedad y que él comprendía mi actitud, pero que yo tenía que comprender la suya. Nada más dijo, nada más que hacer. Esa tarde mi mujer volvió a la casa en el auto viejo de mi comandante, que por lo demás, era un modelo de no hacía más de tres años, y comenzó a echar en él sus pinturas, su ropa y el televisor, mientras le pedía a mi madre que cuidara a su hijo por unos días mientras se acomodaba en su nuevo domicilio. Mi madre aceptó llorando. Ella para despedirse no dio más que un portazo. Sin embargo el desenlace se vino muy pronto: al día siguiente, mi mujer se encerró con mi comandante desde temprano, yo en vez de desesperarme, le conté al gordo Moreno que ya no era nada mío, ni siquiera pariente. Para mi alivio, él se encargó de contarlo a los demás, el gordo Moreno no es de los que se guardan secretos. Pese a ello las cosas eran difíciles, cómo soportar impasible el ruido que hacía sus cuerpos al jadear y penetrarse o al hacer quién sabe qué otras cosas. Fue entonces que llegó el momento en que ya no pude seguir aguantando y me llevé la mano al cinto. Permanecí en guardia un par de segundos tras los cuales todos en la comisaría se me echaron encima para detenerme. En eso se quedaron mis intentos, sólo en eso. No así los de la esposa del comandante que, para mala suerte de éste, ingresó por la puerta principal de nuestra comisaría, la de Los Guindos, justo en el momento en que todos estaban preocupados de contenerme. No hubo quien la contuviera a ella entonces, y pasó por el corredor sin que la notáramos. Sin que lo notáramos tampoco, irrumpió en la oficina del maldito, nosotros sólo escuchamos dos balazos. Fui el primero en ingresar a la oficina, siento que no debería contar cosas como éstas, pero es que me parece necesario: ella estaba desnuda y a horcajadas sobre él, y él, sin pantalones, a pesar de la sangre que le manaba de la cabeza, conservaba en el rostro su mirada de goce. Me hicieron mil cargos. Los oficiales superiores deseaban a toda costa inculparme. Por suerte no pudieron decir que yo los había ajusticiado, porque el gordo Moreno antes de que nadie pudiera evitarlo, dio de copuchento una versión a los reporteros que llegaron antes que los oficiales, y la versión que contó era la verdadera y me exculpaba, aunque a él lo perjudicó tremendamente en su carrera: dos meses preso y cinco años sin ascensos. Lo siento por él, aunque gracias a eso se salvaría mi vida. En cuanto a mí, me acusaron de traidor diciendo que yo le había avisado a su esposa. Complot, eso dijeron, y conocí de la tortura, pero eso es algo que no comentaré porque necesito olvidarlo. Me encerraron por unos días, tras los cuales, fui degradado y despedido. Yo me habría retirado de todas maneras aunque no tenía aún los años suficientes. Fue por eso que las vi duras, más que duras. Si salí adelante fue sólo por la ayuda de mi madre y por el amor que le tengo a ese chiquillo. Me doy tiempo, por eso, para ayudarlo en sus tareas y traerlo hasta el colegio. Nadie creería que no soy su padre verdadero, ni siquiera yo mismo; mucho menos mi madre, que nunca supo la verdad y cada día lo ama más y con más consentimiento. El amor es de pasadizos oscuros, insisto: amo a mi hijo y mi amor no reconoce fronteras. Qué importa que cada día vaya dibujando en su rostro la comisura cínica que tenía su madre en los últimos tiempos, y cada día vaya rescatando más también el porte y el garbo, y la mirada orgullosa de mi propio comandante. Escribir un comentario Hits: 262
El minuto feliz de Largo Viñuelas, Ramón Díaz Eterovic
Viñuelas tuvo un par de oportunidades y después terminó en la banca. Sólo entraba a la cancha de vez en cuando, cinco o seis minutos, para que alguno de los titulares recuperara el resuello o cuando el marcador a nuestro favor permitía otorgar licencias a los contrarios. Pero aún así era el más puntual en llegar a los entrenamientos y cuando al final de las prácticas la mayoría nos íbamos a beber cerveza, él se quedaba en la cancha ensayando tiros que, unos tras otros, fallaban. Incluso, cuando alguien sugirió una posible miopía, Viñuelas fue a consultar a un especialista que, para que no quedaran dudas, escribió un diagnóstico que luego de algunos términos médicos concluía con tres palabras que lo decían todo: vista de lince. Es malo pero tiene entusiasmo, comentaba el profesor cada vez que le echaban en cara su mal ojo. Y eso era suficiente, porque hasta esa temporada del año 1962 nadie esperaba que el equipo hiciera otra cosa que perder por poco y ganara los tres o cuatro partidos que le permitiera mantenerse en la primera división. La seguidilla de triunfos continuó en las semanas siguientes, a tal punto que fuimos invitados a jugar a Río Gallegos contra un equipo de estudiantes argentinos que nos hicieron quedar en ridículo con su marcación al hombre y una sinfonía de pases, rápidos y certeros, que ya a los diez minutos del partido nos hizo entender que estábamos en la fiesta equivocada. De todos modos los argentinos se portaron bien, nos regalaron un galvano que Aguila dejó olvidado en el bus y nos invitaron a un asado de cordero que sirvió para olvidar la humillación de la derrota. En nuestra ciudad nadie supo la verdad de la gira, porque al único periodista que se interesó en la noticia le contamos una película en colores, en la que los héroes fuimos nosotros, incluido Viñuelas que agarró vuelo con la humorada y declaró que había marcado diez puntos, cuando lo único que había hecho era pasearse por la orilla de la cancha regalando a las muchachas unas banderillas chilenas que nunca nadie supo de donde sacó. Lo cierto es que la farra en Río Gallegos nos hizo pisar tierra firme de nuevo. El profesor Aguila reunió a los titulares en su casa - Martínez, Borgoño, el Chueco Alvarez, el gringo Soto, y Vera- y nos enseñó a contar cuantos pares son tres moscas para ver si nos poníamos serios y enfrentábamos el resto del campeonato con algo más de humildad. Al resto los ignoró, aunque Viñuelas se las ingenió para aparecer en la casa del profesor, argumentando que venía a dejar unas revistas Ritmo a la Martita, la hija menor de nuestro entrenador, cosa que dicho de paso tampoco hacía mucha gracia al profesor, tal vez porque cuidaba a la niña o porque en sus peores pesadillas se veía intentando enseñar a jugar baloncesto a unos nietecitos tan larguiruchos y torpes como Viñuelas. Y así llegamos a la noche de aquellos recuerdos que no se borran y nos hace incluir a Viñuelas en las memorias de aquel equipo del año sesenta y dos. Dos horas antes del partido nos reunimos en una cafetería de la calle Roca, para dejar pasar el tiempo conversamos de cosas sin importancia y luego de un gesto de Aguila, nos encaminamos hasta el gimnasio. Había nevado las dos noches anteriores y en las veredas espejeaba una escarcha resbaladiza que nos hizo andar despacio, a tientas y cabizbajos, como un grupo de niños que comenzaba a dar sus primeros pasos. Y la verdad es que la cosa no estaba para bromas ni optimismo. El equipo había llegado disminuido a la final del campeonato. De los diez jugadores que lo integraban al inicio de temporada, cuatro estaban ausentes esa noche. López y Salgado con sus respectivos esguinces, Bañados estaba de viaje por un asunto de trabajo, y Valencia había cambiado la práctica del baloncesto por la administración de un bar donde había criado panza y ocio. O sea que, además del equipo titular, toda la banca de reservas que teníamos era Viñuelas, lo que para los efectos de tratar de ganar el partido era casi decir nadie. El gimnasio, con su imponente frontis de coliseo romano, estaba repleto de espectadores, y ya de entrada apreciamos el entusiasmo de la gente que se dividían entre una mayoría que apoyaba a los croatas del Sokol, y otros pocos, ubicados en las galerías, que creían en nosotros con fe de iniciados. Nos tocó el camarín número dos y eso ya nos pareció que era como tropezar con el pie izquierdo o pasar bajo una escalera. Por los vidrios rotos de las ventanas se filtraba el frío y era casi seguro que al final del partido tendríamos que ducharnos con agua helada. Pero esa noche estábamos para cualquier gesto heroico y a medida que nos fuimos masajeando las piernas con vaselina o mentolatum, tomamos esa confianza que nos hizo entrar a la cancha y en menos de cinco minutos distanciarnos diez puntos de los rivales, para felicidad de Viñuelas que desde la banca nos aplaudía, mientras a sus pies se acumulaba una montaña de cáscaras de maní. Antes de terminar el primer tiempo, el profesor pidió un minuto de descanso y nos ordenó pausar el juego porque hasta donde le daba la experiencia, los rivales nos estaban aguantado para pasarnos a llevar en la segunda parte. Martínez le dijo al profesor que no se preocupara ya que esa noche tenía la muñeca firme y cada uno de sus tiros había entrado seco en el arco contrario y además, Borgoño se estaba haciendo el pino desde las esquinas y hasta unos ganchos había conseguido meter, ante el asombro de los sokolinos que no entendían por que parte entraba ese petiso patichueco. En el entretiempo volvimos al camarín acompañados por el silencio de las tribunas y la pequeña algarabía de la galucha en la que nuestros hinchas comenzaban a ponerse de acuerdo en el boliche al que irían a celebrar una vez que el tablero electrónico marcara el final de la contienda. Sin embargo esa noche estábamos condenados a sufrir. Lo supimos apenas iniciado el segundo tiempo, cuando vimos caer a Martínez acalambrado hasta decir no va más. Vimos la desesperación reflejada en el rostro del profesor y a Viñuelas, que sentado en la banca, no atinaba a decidir entre sacarse el buzo o salir corriendo fuera del gimnasio. Al final optó por entrar a la cancha y Aguila gritó dos instrucciones básicas: Viñuelas debía pararse en medio de nuestra área y levantar sus manotas para molestar los lanzamientos rivales, y nosotros por ningún motivo pasarle la pelota. Parecía simple, pero al rato de reanudarse el partido, los contrarios reconocieron el callejón descuidado que dejaba la pobre defensa de Viñuelas y por ahí, una y otra vez se fueron metiendo hasta que a treinta segundos del final lograron superarnos por un punto. En ese momento, cuando la buena campaña del año se esfumaba, sucedió lo que nunca más quisimos olvidar. Martínez avanzó por la banda derecha, eludió a uno de los contrarios y lanzó la pelota con tal violencia que ésta rebotó en el tablero y fue a dar a las manos de Viñuelas que, parado en el círculo central, la tomó entre sus manos con más angustia que un suicida al borde del abismo. Nos miró uno a uno como suplicando que alguno de nosotros le hiciera la gauchada de sacarlo del embrollo. El gimnasio enmudeció y todos los que estábamos en él oímos la mentada de madre que le tiró el profesor. Entonces ocurrió lo que nadie esperaba. Viñuelas dio tres pasos de zancudo, miró con rabia al profesor e impulsó el balón con tanta violencia que, haciendo una comba interminable, entró en el cesto en el mismo segundo que el timbre del control señalaba el final del partido. Lo demás, y porque después de esa temporada nunca más volvimos a ser campeones, es la historia que recordamos siempre en nuestras conversaciones. Su paseo en andas por la cancha, las entrevistas en el camarín, los titulares de los diarios al otro día, y su tristeza cuando al inicio del siguiente campeonato, y a pesar de que le debía un título, el profesor lo volvió a dejar sentado en la banca. Escribir un comentario Hits: 345
Actualizado (Sábado, 02 de Junio de 2012 16:37) Cuento clásico chileno “El vaso de leche” Escritor: Manuel Rojas
Entre unos vagones apareció un joven delgado; se detuvo un instante, miró hacia el mar y avanzó después, caminando por la orilla del muelle con las manos en los bolsillos, distraído o pensando. Cuando pasó frente al barco, el marinero le gritó en inglés: -I say; look here! (¡Oiga, mire!) El joven levantó la cabeza y, sin detenerse, contestó en el mismo idioma: -Hallow! What? (¡Hola! ¡Qué?) -Are you hungry? (¿Tiene hambre?) Hubo un breve silencio, durante el cual el joven pareció reflexionar y hasta dio un paso más corto que los demás, como para detenerse; pero al fin dijo, mientras dirigía al marinero una sonrisa triste: -Very well. (Muy bien.) Sacose la pipa de la boca el marinero, escupió y colocándosela de nuevo entre los labios, miró hacia otro lado. El joven, avergonzado de que su aspecto despertara sentimientos de caridad, pareció apresurar el paso, como temiendo arrepentirse de su negativa. Un instante después un magnífico vagabundo, vestido inverosímilmente de harapos, grandes zapatos rotos, larga barba rubia y ojos azules, pasó ante el marinero, y éste, sin llamarlo previamente, le gritó: -Are you hungry? No había terminado aún su pregunta cuando el atorrante, mirando con ojos brillantes el paquete que el marinero tenía en las manos, contestó apresuradamente:-Yes, sir, I am very hungry! (Sí, señor, tengo harta hambre.) Sonrió el marinero. El paquete voló en el aire y fue a caer entre las manos ávidas del hambriento. Ni siquiera dio las gracias y abriendo el envoltorio calentito aún, sentose en el suelo, restregándose las manos alegremente al contemplar su contenido. Un atorrante de puerto puede no saber inglés, pero nunca se perdonaría no saber el suficiente como para pedir de comer a uno que hable ese idioma. El joven que pasara momentos antes, parado a corta distancia de allí, presenció la escena. Él también tenía hambre. Hacía tres días justos que no comía, tres largos días. Y más por timidez y vergüenza que por orgullo, se resistía a pararse delante de las escalas de los vapores, a las horas de comida, esperando de la generosidad de los marineros algún paquete que contuviera restos de guisos y trozos de carne. No podía hacerlo, no podría hacerlo nunca. Y cuando, como es el caso reciente, alguno le ofrecía sus sobras, las rechazaba heroicamente, sintiendo que la negativa aumentaba su hambre. Seis días hacía que vagaba por las callejuelas y muelles de aquel puerto. Lo había dejado allí un vapor inglés procedente de Punta Arenas, puerto en donde había desertado de un vapor en que servía como muchacho de capitán. Estuvo un mes allí, ayudando en sus ocupaciones a un austriaco pescador de centollas, y en el primer barco que pasó hacia el norte embarcose ocultamente. Lo descubrieron al día siguiente de zarpar y enviáronlo a trabajar en las calderas. En el primer puerto grande que tocó el vapor lo desembarcaron, y allí quedó, como un fardo sin dirección ni destinatario, sin conocer a nadie, sin un centavo en los bolsillos y sin saber trabajar en oficio alguno. Mientras estuvo allí el vapor, pudo comer, pero después... La ciudad enorme, que se alzaba más allá de las callejuelas llenas de tabernas y posadas pobres, no le atraía; parecíale un lugar de esclavitud, sin aire, oscura, sin esa grandeza amplia del mar, y entre cuyas altas paredes y calles rectas la gente vive y muere aturdida por un tráfago angustioso. Estaba poseído por la obsesión del mar, que tuerce las vidas más lisas y definidas como un brazo poderoso una delgada varilla. Aunque era muy joven había hecho varios viajes por las costas de América del Sur, en diversos vapores, desempeñando distintos trabajos y faenas, faenas y trabajos que en tierra casi no tenían explicación. Después que se fue el vapor anduvo, esperando del azar algo que le permitiera vivir de algún modo mientras volvía a sus canchas familiares; pero no encontró nada. El puerto tenía poco movimiento y en los contados vapores en que se trabajaba no lo aceptaron. Ambulaban por allí infinidad de vagabundos de profesión; marineros sin contrata, como él, desertados de un vapor o prófugos de algún delirio; atorrantes abandonados al ocio, que se mantienen de no se sabe qué, mendigando o robando, pasando los días como las cuentas de un rosario mugriento, esperando quién sabe qué extraños acontecimientos, o no esperando nada, individuos de las razas y pueblos más exóticos y extraños, aun de aquellos en cuya existencia no se cree hasta no haber visto un ejemplar.* Al día siguiente, convencido de que no podría resistir mucho más, decidió recurrir a cualquier medio para procurarse alimentos. Caminando, fue a dar delante de un vapor que había llegado la noche anterior y que cargaba trigo. Una hilera de hombres marchaba, dando la vuelta, al hombro los pesados sacos, desde los vagones, atravesando una planchada, hasta la escotilla de la bodega, donde los estibadores recibían la carga. Estuvo un rato mirando hasta que atreviose a hablar con el capataz, ofreciéndose. Fue aceptado y animosamente formó parte de la larga fila de cargadores. Durante el tiempo de la jornada trabajó bien; pero después empezó a sentirse fatigado y le vinieron vahídos, vacilando en la planchada cuando marchaba con la carga al hombro, viendo a sus pies la abertura formada por el costado del vapor y el murallón del muelle, en el fondo de la cual, el mar, manchado de aceite y cubierto de desperdicios, glogloteaba sordamente. A la hora de almorzar hubo un breve descanso y en tanto que algunos fueron a comer en los figones cercanos y otros comían lo que habían llevado, él se tendió en el suelo a descansar, disimulando su hambre. Terminó la jornada completamente agotado, cubierto de sudor, reducido ya a lo último. Mientras los trabajadores se retiraban, se sentó en unas bolsas acechando al capataz, y cuando se hubo marchado el último acercose a él y confuso y titubeante, aunque sin contarle lo que le sucedía, le preguntó si podían pagarle inmediatamente o si era posible conseguir un adelanto a cuenta de lo ganado. Contestole el capataz que la costumbre era pagar al final del trabajo y que todavía sería necesario trabajar el día siguiente para concluir de cargar el vapor. ¡Un día más! Por otro lado, no adelantaban un centavo. Apuró el paso, como huyendo de un nuevo mareo, y mientras marchaba resolvió ir a comer a cualquier parte, sin pagar, dispuesto a que lo avergonzaran, a que le pegaran, a que lo mandaran preso, a todo; lo importante era comer, comer, comer. Cien veces repitió mentalmente esta palabra; comer, comer, comer, hasta que el vocablo perdió su sentido, dejándole una impresión de vacío caliente en la cabeza. No pensaba huir; le diría al dueño: "Señor, tenía hambre, hambre, hambre, y no tengo con qué pagar... Haga lo que quiera". Llegó hasta las primeras calles de la ciudad y en una de ellas encontró una lechería. Era un negocio muy claro y limpio, lleno de mesitas con cubiertas de mármol: Detrás de un mostrador estaba de pie una señora rubia con un delantal blanquísimo. Eligió ese negocio. La calle era poco transitada. Habría podido comer en uno de los figones que estaban junto al muelle, pero se encontraban llenos de gente que jugaba y bebía. En la lechería no había sino un cliente. Era un vejete de anteojos, que con la nariz metida entre las hojas de un periódico, leyendo, permanecía inmóvil, como pegado a la silla. Sobre la mesita había un vaso de leche a medio consumir. Esperó que se retirara, paseando por la acera, sintiendo que poco a poco se le encendía en el estómago la quemadura de antes, y esperó cinco, diez, hasta quince minutos. Se cansó y parose a un lado de la puerta, desde donde lanzaba al viejo una miradas que parecían pedradas. ¿Qué diablos leería con tanta atención! Llegó a imaginarse que era un enemigo suyo, quien, sabiendo sus intenciones, se hubiera propuesto entorpecerlas. Le daban ganas de entrar y decirle algo fuerte que le obligara a marcharse, una grosería o una frase que le indicara que no tenía derecho a permanecer una hora sentado, y leyendo, por un gasto reducido. Por fin el cliente terminó su lectura, o por lo menos, la interrumpió. Se bebió de un sorbo el resto de leche que contenía el vaso, se levantó pausadamente, pagó y dirigiose a la puerta. Salió; era un vejete encorvado, con trazas de carpintero o barnizador. Apenas estuvo en la calle, afirmose los anteojos, metió de nuevo la nariz entre las hojas del periódico y se fue, caminando despacito y deteniéndose cada diez pasos para leer con más detenimiento. Esperó que se alejara y entró. Un momento estuvo parado a la entrada, indeciso, no sabiendo dónde sentarse; por fin eligió una mesa y dirigiose hacia ella; pero a mitad de camino se arrepintió, retrocedió y tropezó en una silla, instalándose después en un rincón. Acudió la señora, pasó un trapo por la cubierta de la mesa y con voz suave, en la que se notaba un dejo de acento español, le preguntó: -¿Qué se va a servir? Sin mirarla, le contestó: -Un vaso de leche. -¿Grande?-Sí, grande. -¿Solo?-¿Hay bizcochos? -Bueno, vainillas. Cuando la señora se dio vuelta, él se restregó las manos sobre las rodillas, regocijado, como quien tiene frío y va a beber algo caliente. Volvió la señora y colocó ante él un gran vaso de leche y un platito lleno de vainillas, dirigiéndose después a su puesto detrás del mostrador. Su primer impulso fue beberse la leche de un trago y comerse después las vainillas, pero en seguida se arrepintió; sentía que los ojos de la mujer lo miraban con curiosidad. No se atrevía a mirarla; le parecía que, al hacerlo, conocería su estado de ánimo y sus propósitos vergonzosos y él tendría que levantarse e irse, sin probar lo que había pedido. Pausadamente tomó una vainilla, humedeciola en la leche y le dio un bocado; bebió un sorbo de leche y sintió que la quemadura, ya encendida en su estómago, se apagaba y deshacía. Pero, en seguida, la realidad de su situación desesperada surgió ante él y algo apretado y caliente subió desde su corazón hasta la garganta; se dio cuenta de que iba a sollozar, a sollozar a gritos, y aunque sabía que la señora lo estaba mirando no pudo rechazar ni deshacer aquel nudo ardiente que le estrechaba más y más. Resistió, y mientras resistía comió apresuradamente, como asustado, temiendo que el llanto le impidiera comer. Cuando terminó con la leche y las vainillas se le nublaron los ojos y algo tibio rodó por su nariz, cayendo dentro del vaso. Un terrible sollozo lo sacudió hasta los zapatos. Afirmó la cabeza en la manos y durante mucho rato lloró, lloró con pena, con rabia, con ganas de llorar, como si nunca hubiese llorado. Una nueva ola de llanto le arrasó los ojos y lloró con tanta fuerza como la primera vez, pero ahora no angustiosamente, sino con alegría, sintiendo que una gran frescura lo penetraba, apagando eso caliente que le había estrangulado la garganta. Mientras lloraba pareciole que su vida y sus sentimientos se limpiaban como un vaso bajo un chorro de agua, recobrando la claridad y firmeza de otros días. Cuando pasó el acceso de llanto se limpió con su pañuelo los ojos y la cara, ya tranquilo. Levantó la cabeza y miró a la señora, pero ésta no le miraba ya, miraba hacia la calle, a un punto lejano, y su rostro estaba triste. En la mesita, ante él, había un nuevo vaso de leche y otro platillo colmado de vainillas; comió lentamente, sin pensar en nada, como si nada le hubiera pasado, como si estuviera en su casa y su madre fuera esa mujer que estaba detrás del mostrador. Cuando terminó ya había oscurecido y el negocio se iluminaba con una bombilla eléctrica. Estuvo un rato sentado, pensando en lo que le diría a la señora al despedirse, sin ocurrírsele nada oportuno. Al fin se levantó y dijo simplemente: -Muchas gracias, señora; adiós.. -Adiós, hijo... -le contestó ella.Salió. El viento que venía del mar refrescó su cara, caliente aún por el llanto. Caminó un rato sin dirección, tomando después por una calle que bajaba hacia los muelles. La noche era hermosísima y grandes estrellas aparecían en el cielo de verano. Pensó en la señora rubia que tan generosamente se había conducido e hizo propósitos de pagarle y recompensarla de una manera digna cuando tuviera dinero; pero estos pensamientos de gratitud se desvanecían junto con el ardor de su rostro, hasta que no quedó ninguno, y el hecho reciente retrocedió y se perdió en los recodos de su vida pasada. De pronto se sorprendió cantando algo en voz baja. Se irguió alegremente, pisando con firmeza y decisión. Llegó a la orilla del mar y anduvo de un lado para otro, elásticamente, sintiéndose rehacer, como si sus fuerzas interiores, antes dispersas, se reunieran y amalgamaran sólidamente. Después la fatiga del trabajo empezó a subirle por las piernas en un lento hormigueo y se sentó sobre un montón de bolsas. Miró el mar. Las luces del muelle y las de los barcos se extendían por el agua en un reguero rojizo y dorado, temblando suavemente. Se tendió de espaldas, mirando el cielo largo rato. No tenía ganas de pensar, ni de cantar, ni de hablar. Se sentía vivir, nada más.
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Cuentos clásicos Chilenos: "Lo Secreto" María Luisa Bombal
- Conozco del mar, de la tierra y del cielo infinidad de secretos pequeños y mágicos.- Esta vez, sin embargo, no contaré sino del mar. Aguas abajo, más abajo de la honda y densa zona de tinieblas, el océano vuelve a iluminarse. Una luz dorada brota de gigantescas esponjas, refulgentes y amarillas como soles. Escribir un comentario Hits: 934
Actualizado (Jueves, 26 de Enero de 2012 00:38)
La comuerta número 12: Escritor Chileno: Baldomero Lillo
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Actualizado (Viernes, 21 de Octubre de 2011 00:44)
La Espera - Escritor Chileno: Guillermo Blanco
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El Preceptor Bizco; José Santos González Vera
La escuela parroquias funcionaba en una feísima y vieja casa, compuesta de grandes salas yertas. El patio, aunque extenso, por estar encerrado entre altos muros, era más frío y extraño que las salas. Además estaba como aplastado por la sombra de la iglesia contigua. La fisonomía de ese patio estará siempre fija en mi memoria. Comentarios (2) Hits: 1020
BAR: de Reynaldo Lacámara- Chile
Hay pelambres en Longaví, es la costumbre, donde es necesario estar y no retirarse primero. Escribir un comentario Hits: 428
Santo Remedio (cuento) Eduardo Barrios - Escritor Chileno
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Canto y baile [Cuento), Manuel Rojas
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Cuento número 13 - Andén de los Sueños
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Han transcurrido muchos años desde que dejamos de jugar al baloncesto con Viñuelas y a pesar de eso, que al fin de cuentas no es otra cosa que la vida, cada vez que paso frente a su quiosco de golosinas me detengo a conversar con él para recordar los partidos de antaño, su inolvidable minuto feliz, aquella noche en que sin preocuparse de la nieve que cubría las calles, los hinchas llegaron a presenciar la final del campeonato regional. Añoranzas, anécdotas repetidas, carcajadas que inevitablemente cierran el círculo de la evocación hasta el próximo encuentro. Cosas de viejos, como nos dicen nuestros hijos, cuando nos ven salir de las casas rumbo a la reunión mensual del club, en las que habitualmente se discute sobre el valor de las cuotas sociales y los jugadores más jóvenes nos miran de reojo, sin creer del todo que esos tipos gruesos y canosos sean los responsables de la copa más reluciente que ostenta la vitrina de trofeos del club.












