A_Jorge_Luis_BEn los últimos días de febrero de 1939, algo

aconteció a Juan Dahlmann que le cambió la vida

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos

Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.


EL EVANGELIO SEGUN MARCOS
(cuento)  Jorge Luis Borges

Después de esa experiencia, Baltazar Espinoza supo cómo se sintió Jesucristo poco antes de ser crucificado

El hecho sucedió en la estancia La Colorada, en el partido de Junín, hacia el Sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un estudiante de medicina, Baltazar Espinoza. Podemos definirlo por ahora como uno de tantos muchachos porteños, sin otros rasgos dignos de nota en esa facultad oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta inteligencia era perezosa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una materia para graduarse, la que más lo atraía. Su padre que era librepensador, como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pidió que todas las noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de coraje; una mañana había cambiado, con más indiferencia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de compañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria. Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles; el país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos plumas; veneraba a Francia pero menospreciaba a los franceses; tenía un poco a los americanos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las cuchillas o los cerros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en La Colorada, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por natural complacencia y porque no buscó razones válidas para decir que no.

El casco de la estancia era grande y un poco abandonado; las dependencias del capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutre eran tres: el padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad. Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.

Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba. Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo llegaría a distinguir los pájaros por el grito.

A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa, que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche traía un alivio. En el alba, los truenos lo despertaron. El viento zamarreaba las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio las gracias a Dios. El aire frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.

Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la galería los campos anegados, pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gutres, ayudados o incomodados por el pueblero, salvaron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos animales ahogados. Los caminos para llegar a La Colorada eran cuatro: a todos los cubrieron el agua.

Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz; Espinosa les dio una habitación que quedaba en el fondo, al lado del galpón de las herramientas. La mudanza les fue acercando; comían juntos en el gran comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tantas cosas en materia del campo, no sabían explicarlas. Una noche Espinosa les preguntó si la gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubiera contestado a una pregunta sobre la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre solía decir que casi todos los casos de longevidad que se dan en el campo son casos de mala memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen ignorar por igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.

En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Shorthorn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Sombra. Espinosa para distraer de algún modo la sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andanzas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que llevaban siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero, no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los campos de los Núñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones, antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.

Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba lugares a los que no iba nunca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la que hay un buzón, unos leones de mampostería en un portón de la calle Jujuy, a unas cuadras del Once, un almacén con piso de baldosa que no sabía muy bien dónde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabría por Daniel que estaba aislado —la palabra, etimológicamente, era justa— por la creciente.

Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie —tal era su nombre genuino— habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el castellano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y casi no escucharon.

Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el comienzo del Evangelio Según Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sorprendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la sangre, pensó. También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las clases de elocución en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las parábolas.

Los Gutres despachaban la carne asada y las sardinas para no demorar el Evangelio.

Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre, querían ponerle una telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación despertó no dejó de asombrarlo. Al principio, había desconfiado de los Gutres y había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba consigo; ahora, ausente el patrón, él había tomado su lugar y daba órdenes tímidas, que eran inmediatamente acatadas. Los Gutres lo seguían por todas las piezas y por el corredor, como si estuvieran perdidos. Mientras leía, notó que le retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió hablando de él con respeto y pocas palabras. Concluido el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien.

Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el diluvio, lo cual no es de extrañar; los martillazos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto, la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un forastero y todos lo trataban con atención, y casi lo mimaban. A ninguno le gustaba el café, pero había siempre una tacita para él, que colmaban de azúcar.

El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos se notó que estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo, desnuda. No la abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría a nadie esa historia.

El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espinosa, que era librepensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó:
-Sí. Para salvar a todos del infierno.

Gutre le dijo entonces:

-¿Qué es el infierno?

-Un lugar bajo tierra donde las ánimas ardeerán y arderán.

-¿Y también se salvaron los que le clavaronn los clavos?

-Sí —replicó Espinosa, cuya teología era incierta.

Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su hija.

Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos.

Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño interrumpido por persistentes martillos y por vagas premoniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al corredor. Dijo como si pensara en voz alta:

-Las aguas están bajas. Ya falta poco.

-Ya falta poco -repitió Gutre, como un eco..

Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra la pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Cuando abrieron la puerta, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: Es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habrían arrancado las vigas para construir la Cruz.

________________________________________
Jorge Luis borges (Buenos Aires 1899 - Ginebra 1986), gran escritor argentino que adquirió notabilidad por su estilo muy personal: prosa de construcción sencilla sobre temas regionalistas, pero que bajo su firma, se convierten en universales. Su primer libro fue, Fervor de Buenos Aires aparecido en 1923, poemas inspirados en su Buenos Aires querido; fueron alrededor de 300 ejemplares que él regala a sus amigos.

Borges también escribió ensayos y cuentos, nunca escribió una novela. En 1961 comparte con Samuel Becket el Premio Formentor otorgado por el Congreso Internacional de Editores. Borges fue también uno de los nombres frecuentemente voceados para recibir el Premio Nobel, pero ese premio nunca le fue otorgado.
________________________________________

Analizar los cuentos de Borges es tarea difícil para un simple mortal, pero contando con el excelente trabajo sobre el cuento corto de la escritora norteamericana, Maren Elwood, (The Short Short, The Writer, Inc., Boston), donde se puede encontrar algunas definiciones sobre el cuento intelectual, el trabajo se hace más fácil. Si bien las historias de Borges están pobladas de personajes comunes y corrientes, y además esos personajes tienen motivaciones banales para realizar algunas acciones, él sabe elevarlos hasta convertirlos en obras de alto valor literario y considerados como clásicos de la literatura universal. Característica del cuento intelectual, es dar significancia a las cosas simples, y todo ello, sin recurrir a artificios para obtener ciertos efectos en el lector.

Estas historias están dirigidas mayormente a un público culto, sofisticado, con alto grado de instrucción, que sabe idiomas extranjeros, en algunos casos puede analizar la psicología de los personajes, y ha viajado. Difícil tarea analizar obras de este calibre. Maren Elwood dice en su libro arriba mencionado, que; "a los lectores comunes y corrientes más les gusta 'sentir' que pensar". De acuerdo a ello deducimos que los cuentos intelectuales no son populares.

Yo me contaba entre los amantes de lo popular hasta hace poco. La primera vez que leí un cuento de Borges, fue a mediados de la década del 60: "El jardín de senderos que se bifurcan" publicado en la tan recurrida antología del cuento hispanoamericano de Seymour Menton, versión 1966, pero después de eso, no volví a leer más a Borges a pesar que a veces me llegaban sus relatos en las diversas antologías que compraba. Yo estaba acostumbrado a los cuentos de Vargas Llosa, Ribeyro, Rulfo y todos los norteamericanos. Las obras de entretenimiento lo capturan a uno y le hacen olvidar sus penas, aunque sea por los breves minutos que dura la lectura. Por esa época se hablaba mucho sobre las obras escapistas. Queda en claro, sin embargo, que las obras de los autores antes mencionados, no son puramente escapistas, pero eso es otra historia.
Y ahora, transcurridos tantos años desde la primera lectura de Borges, al tener que escoger uno o dos de sus cuentos para presentarlos en este sitio web, reconozco que le he agarrado afición al insigne escritor argentino. Mi ego está satisfecho. Todo cambia en esta vida, evolucionamos para bien.

Decimos que un cuento es intelectual, porque difiere sustantivamente de los demás trabajos literarios, esto es: obras escritas con sentido comercial. La obra literaria es considerada un bien de consumo, como un televisor o una camisa. Esto lo hacen los escritores profesionales, especialmente los norteamericanos. Para lograr esto último la obra debe ser atractiva al lector, y para conseguirlo hay que recurrir a artificios tales como la trama o el plan para impresionar al lector de modo que lo haga emocionar, le cause un gran impacto final y de ese modo conseguir que siga comprando.

La palabra trama tiene varias definiciones, aquí la uso en el sentido de intriga, Borges la usa en el sentido de estructura de la historia. Entonces, los autores de obras de altísima categoría, no utilizan la intriga como que sí la encontramos en muchos otros autores de renombre. Según los autores de obras intelectuales, las obras basadas en intrigas son de menor calidad.

Por otra parte, los que critican a los cuentos intelectuales alegan que, por lo general, este tipo de obra son meros incidentes o fragmentos que no llegan, según los cánones del género, a ser una unidad dramática. El personaje nunca lucha por algo personal sino que representa a un tipo, o a un sector de la humanidad, esto último disgusta a Seymour Menton por "el poco valor que se le concede al ser humano". Se supone que el ser humano es individualista en esencia y debe luchar en ese sentido para obtener algo o llegar ser alguien en la vida o quedar relegado.

Otra característica de este tipo de cuento es que, muchas veces narra historias en paralelo, a veces la historia anterior (en el pasado o pasado lejano), es la más importante y hay que leer a veces dos o tres veces la obra para entenderla bien porque su presentación es indirecta. Eso lo hemos visto en el cuento "De Sol a Sol" de Tino Villanueva: en forma indirecta Tino nos endilga la historia antigua de la familia por boca de la protagonista, mientras que la historia principal que está en el presente no es más que una anécdota, pero el cuento visto como un todo es excelente.

¿Y cuál es el atractivo del cuento intelectual? Según parece ser, que el lector se siente importante al comprender algo que algún o algunos de los personajes no comprenden o interpretan mal y los impulsa a hacer acciones equivocadas. El lector al comprender el laberinto o intuir la causa o la motivación que impele al o los personajes, y al saberse que es lo suficientemente inteligente como para desentrañar el intríngulis, siente gran satisfacción final: se vuelve un lector aficionado a este tipo de obra.
Rolando Sifuentes, 2007

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Visitas

Free counters!