“Los airososos cantos de una muchacha triste”
Edición Nº 778 - Año XIV - Del 1 al 7 de Octubre de 2010 - Economía y Desarrollo de La Región de Coquimbo - www.semanariotiempo.cl
Escritora: Soledad Cruz Guerra (Florida, Camagüey, 1952). Periodista, escritora y diplomática.
Detrás de la sonrisa, está la tristeza que ocultan las gafas, el ala del sobrero, el chispeante humor y la gracia de sus poemas. La tristeza asoma cuando la rebeldía reposa en
Mildre Hernández Barrios luego de arduos avatares y batallas ganadas al fin, de cierta manera, con los premios Eliseo Diego, Pinos Nuevos, Abril, en tres ocasiones, Sed de Belleza, La Rosa Blanca de la UNEAC y el Regino Boti en el 2006 con el libro de cuentos El Mundo de Plastilina, publicado por la Editorial El Mar y la Montaña en el 2007.
Ya tiene nueve obras publicadas para contradecir a aquellos que dudaban de sus posibilidades, confundidos por el vendaval de sus pasiones y sus búsquedas y esas angustias de encontrar la fórmula propia que tiene todo artista: Vuela una sombra, Despertar del viento, ¿Y la reina donde está?, Cuentos para dormir un elefante, Días de hechizo, Noticias de Bruja, Cartas celestes, Cartas de un buzón enamorado; los enumera incrédula y gozosa. “Ya son un bultico que me alegra”, dice.
Mildre anda en sentido contrario frente a prejuicios, códigos estéticos reductores y falsos valores que impiden una relación más plena entre los seres humanos. Por eso sus libros para niños y jóvenes pueden resultar reveladores para cualquier lector, sobre todo por su originalidad en el tratamiento de los temas entre los cuales el autoritarismo de los adultos encuentra un sitio particular y también el amor como posibilidad liberadora:
“Ella no tenía agarradera. A él le faltaba el ojo derecho por vivir sumergido en el potaje. Se fijó en ella el día que hizo un estrago en la cocina. Estaba tupida y salió volando hasta tropezar con el techo.”
Así comienza el cuento “La cafetera y el cucharón”, inaugurador de El mundo de Plastilina, que narra una fantástica historia de amor en la cocina, porque los objetos menos imaginables son convertidos en sujetos de historias conmovedoras, donde el realismo y la fantasía se entrelazan como en la sintaxis particular de la gente del campo. Claro que existe una tradición en ese aspecto en las obras dedicadas a los chicos, pero ella va más allá, le imprime su acento.
Mildre viene de una estrecha relación con la Naturaleza y con los modos de vida de la gente sencilla, con una existencia de gran trasiego entre Jatibonico, Sancti Spíritus, Santa Clara, ciudades del centro de la Isla, donde ha mostrado una gran avidez por lo intenso y afinidad a amores insólitos y sorprendentes. También ha sufrido dolores como esas heroínas de novelas románticas a las que la crudeza de la vida sorprende; pero en Mildre el estoicismo se transforma en ternura fuerte cuando escribe:
“Era una vela blanca y delgada que vivía en una gaveta, junto a otras pequeñas cosas que se guardan, aunque hayan perdido su utilidad.
Por ejemplo:
Un dedal (que extrañaba las manos de la costurera)
Un carretel de hilo (con dos o tres hebras)
Un botón dorado de cuatro orificios (del traje de un marinero)
Un candelabro (enamorado de la vela)”
Las cosas olvidadas, sin importancia, son los protagonistas de “Historia de una gaveta”, precedido además por una cita de Goethe: “La vela aguarda la llama que enciende”.
Y ese es otro elemento valioso del libro, los leitmotiv de la mayoría de los cuentos de alguna manera anunciados en los exergos, que luego tienen una interpretación aparentemente disparatada en el desarrollo de la trama de cada narración, pero que sostienen el aliento de los mensajes citados con una poesía tangencial como sustrato de los aspectos esenciales de humanidad sobre los que insiste.
La glorificación del respeto a lo diferente, el respeto a la diversidad, es otro de los asuntos que interesan a Mildre:
“En una repisa vivían dos golondrinas de porcelana. Las había hecho con los picos pegados, lo cual les causaba problemas con los demás adornos.”
Un cuento de porcelana, (a la manera de Rodari) narra las peripecias, el empeño en la repisa por separar a aquellas dos golondrinas según planes tradicionales, de acuerdo con los cuales la vida debe ser de un modo y no de ningún otro.
En otro libro, de versos, aparece el mismo interés pero con manifiesta gracia, esa categoría que designa lo ligero y lo sutil, la sorpresa y el agrado por el ingenio:
CARTA DE AMOR NÚMERO 1
Mi tojosita del monte
entre paréntesis loma.
Te escribo esta carta (coma)
que te llevará el sinsonte
¿Quién soy?: un rinoceronte
que quiere pedir tu pata.
(Punto y seguido.) Qué ingrata
esta distancia sin ti.
Dime, tojosa, que sí.
Te quiero (coma y posdata).
La tristeza oculta de Mildre viene quizás de todas esas imposibilidades creadas por esquemas que van tarando la inocencia del niño a causa de las mediaciones de los adultos que imponen sus gustos, sus concepciones estrechas, sus moldes, sus intolerancias, en vez de respetar sus inclinaciones y guiarlos con amor, porque no es lo mismo dar un farol para iluminar las sombras que trazar caminos rígidos.
“No, pero estoy bien”, concluye cuando se habla de por dónde anda la literatura, de los libros que leen los niños y los jóvenes, de los talleres donde participa con los pequeños. “Estoy bien porque escribo, se publica y confío en los lectores”. Entonces se cala el sombrero y las gafas. Y sonríe.












